lunes, 26 de septiembre de 2011

The Royal Tour. Viva mi desgracia


En algún momento dado del principio de este largo larguísimo sexenio juzgué de populachero –de ningún modo populista– a quien pronunció, valiéndole madre la estatura que alcanzaba en la noche de su vida (2 de julio): “Haiga sido como haiga sido”. Ahora sé que entonces fue sólo una ocurrencia mal calculada de un pendejazo que nunca se dio cuenta de lo que representa en sí, y hasta la fecha sigue siendo un pendejazo que ni ha aprendido a desaprender –virtud que pocos, eh–. A estas alturas del párrafo ya saben que estoy refiriéndome a nuestro pobre y lastimoso Felipe Calderón, del que mejores opinadores han dicho peores cosas, no obstante yo nunca escritas, y por eso este arranque.

Luego, aunque me encantaría hablar las mil maravillas de la guerra calderonista, no sé nada de ella (cfr. Miss bala, Naranjo, 2011), más que lo que al lenguaje dejó, y de lo que quisiera ocuparme en otras entregas (ténganse en mente algunos ejemplos: “tirar”, “levantar”, “ejecutar”), pero de lo que sí sé, para desdicha del celebérrimo Calderón es de televisión documental, y es su programa prepagadísimo, The Royal Tour (Feist, 2011), del que me ocuparé brevemente, no hay para qué detenerse más.

Ese programita de pacotilla, nacido como una ocurrencia del rey Abdullah II de Jordania –amigo personal del inadjetivable hasta ahora Peter Greenberg, conductor de unos de los peores documentales del mundo– en 2002 para promoción turística de su reino, resultó ser de mínima importancia para el mundo de la televisión gringa –un tanto difícil, a decir verdad– y sólo a algunos mandones de la América ignota causó cierta emoción malsana. Dos años después, en 2004, el presidente Alejandro Toledo de Perú se vio en las peores circunstancias de su vida –y poco tiempo después abandonó el mando de su país–, tratando de articular palabra por palabra en inglés en su propio royal tour, lleno de lugares comunes gringachos, y en fin, llegó el primer ministro de Jamaica a protagonizar el suyo (por cierto, llamado The ultimate tour) en 2005, demostrando que no hay ningún orden particular en la cronología de la “serie” protagonizada por Greenberg, para el que comienzan a nacer varios adjetivos en mi mente, más que el orden que imponga cierto presupuesto de los gobiernos ¿qué duda cabe, Calderón en pleno año del turismo?

Llega Felipe Calderón y pide su propio recorrido real ¿por qué no? por su país, su nación, su federación ¿se olvidó este aspecto en el documental? Pero por supuesto, México es un país a secas, no una República de la que poco podría explicar, geopolíticamente hablando Feli.

Este royal tour se transformó, después de algunos meses de postproducción (se cree que la producción comenzó en febrero), en la promoción más falible y menos circunspecta que se pudo hacer de nuestro país en la historia de las muestras turísticas desde que Hernán Cortés describió nuestras tierras a Carlos V en sus cartas de relación.

El presidente de México es expuesto –sería mejor dicho “envilecido”– como un “amigo” (léase en la pronunciación gringachona) peor que Pancho Pistolas (The three caballeros, Ferguson, 1944) que presenta a todo un país como si fuera un parque de diversiones abarcable y finito, que cuando comienza a subir a lado del más deleznable pato Donald (Peter Greenberg) la pirámide de Kukulcán no tiene nada mejor que hacer que contar los malditos 91 escalones ¡y perder la maldita cuenta!, o que cuando llega al linde del Sótano de las golondrinas no tiene nada mejor que exclamar que “Oh, my goooddd!!!”, en una de las más simplistas, objetables e inútiles actuaciones en la historia de la televisión.

Puede advertirse que la crítica negativa es lo verdaderamente royal de todo esto, y puedo enconarme hasta la nauseabunda exégesis, sin embargo no me gustaría terminar esta oportunidad semanal que me da usted, lector, para dejar de un lado mi preocupación mayor: el testimonio que queda de la carencia de sentido común del presidente de la República Mexicana.

Creo yo que nunca un presidente de nuestro país había documentado voluntariamente su torpeza para comprender lo mínimo como Calderón, e incluso me atrevo a ponerlo por encima de la temible ignorancia del temible Vicente Fox, a la cual Andrés Bustamante et al. documentaron en varios libros.

Ningún jefe de Estado había sido capaz de aventurarse a representar al verdadero idiota que es, hasta la llegada de Felipe Calderón. Porque todos podrán decir que ninguna duda cabía de su estulticia, pero no hubieran podido demostrarlo con hechos hasta la aparición de The Royal Tour Mexico, donde queda claro que nuestro país está en manos de algo peor que un mono angloparlanchín que nunca supo, haiga sido como haiga sido, qué pasó en estos últimos seis años de su vida; que vivió plenamente, dirá en sus memorias, si es que sabe cómo organizar ortográficamente esos recuerdos que no lo dejarán dormir en su retiro.

Gracias, Greenberg, por darnos un documento sin igual en nuestra historia audiovisual, aunque no te hayas enterado. Gracias Calderón por sincerarte con la audiencia internacional a través del Discovery Channel, aunque no quisieras, o ya no sé. Gracias.

lunes, 19 de septiembre de 2011

La ciudad subvertida II. Los vecinos (azotea de Iztapalapa)

III y último


a mi primo Razo, quien decoró con atino este blog

a los amantes que deben vogar aún desnudos por el Cerro de la Estrella

Finalmente la azotea, un piso que tiene como techo al mismísimo cielo, pero que está conformado por piñatas fantasmas (tinacos de asbesto), más que vacías en esta delegación vía crucis del agua potable; unas hollas de acero inoxidable, también bombas de tiempo, gas acumulado en nuestras cabezas; y antenas, bocas abiertas al mundo del homozapping (cfr. con el enemigo número uno de Televisa, Jenaro Villamil); en fin, un mundo hostil que resguarda nuestro sueño y en el que el amor, apostaría usted, amabilísimo lector, nunca se daría.

Una madrugada ¿por qué esas horas propician a las manifestaciones sexuales? de pronto me levantó de mi sueño cándido un ruidazo de aquellos, como si se abriera el techo sobre mi cama, que acompañado de risitas ya era demasiado sospechoso, tanto que cuando abrí la puerta ya había tres vecinos en pijama preguntándose qué sería lo que pasaba allá arriba. Sin pensarlo demasiado –lo que tendría que haber comenzado a practicar entonces– me subí a la escalera de bomberos que había para accede al cielo de nuestro entrañable edificio.

Al levantar la escotilla que articulaba a la azotea con el andamiaje promiscuo del resto del edificio, lo primero que vi fue a un par de personajes masculinos que contoneaban sus pares de nalgas queriendo levantar el tinaco que , previsiblemente, habían tirade en su ¿jugueteo?

¡Cogidón, y no más! Cuando se percataron que las consecuencias de su estupidez estaban materializándose en varios vecinos que subían por la escalera, echaron a correr por las demás azoteas ¡absolutamente desnudos! Dejaban atrás sus ropas, sus varios condones usados a lo largo y ancho de los declives sin impermeabilizar que nos cubrían de la mirada de Dios, pero que ellos utilizaron como plataforma para que el mismo Dios ¿u otro… lo hay? los viera.

Se desvanecieron en la bruma nocturna mientras los vecinos afectados con el ruidazo comenzamos a reconstruir los hechos, medio desconcertados, medio adormilados, tiritantes, seguros de que esos amantes vivirían muy cerca de ahí, donde habían dejado hasta sus llaves de casa en las bolsas de los pantalones, que recogí y alcé como bandera victoriosa ante el atrevimiento de haber tirado y roto nuestro tinaco comunitario (dos departamentos por piñata), afortunadamente vacío –como pasaba y pasa la gran parte del año–, en lo que se conoció entre la simpática recepción vecinal, chismerío tremendo y no pregunten, como la orgifiesta del edificio D.

Nadie nos creyó cuando, en asamblea vecinal, pretendimos varios habitantes del “D” recrear la situación. Todos los ojos estaban puestos en nosotros cuando levanté en alto el par de pantalones y aullamos, festejando un triunfo que fue nuestro linchamiento público. Hasta a mi comadrita le tocó. Nadie nos volvió a ver igual. Los marchantes de las tienditas locales nos cerraban las ventanitas desde donde atendían. Los vigilantes silbaban mentadas de madre al pasar “la vigilancia” por los rededores del edificio. Y los plomeros que contratamos para colocar –sin sentido, si se toma en cuenta la tremenda falta de agua– nuestro tinaco no dejaban de burlarse en clave angustiosa mientras trabajaron. Los grafiteros hicieron el resto: las paredes a su alcance pronto fueron un espejo de nuestras atolondradas costumbres.

Lástima que nunca supe los rumores, pero comienzo a creer que la única que se benefició de todo este embrollo fue el pedazo de hielo que era la enfermera, a quien comenzaron a rondarle filantrópicos admiradores, que la hacían protagonist de una orgía en la azotea de un edificio en las faldas de nuestro monte del calvario defequense, ante los ojos del Cristo de Iztapalapa.

lunes, 12 de septiembre de 2011

La ciudad subvertida II. Los vecinos (Iztapalapa, primer y segundo piso)

II

En el primer piso habitaba cierta paz, ahí vivía mi autoasignada y vieja comadre, matriarca abnegada del mejor cine nacional, que entre preparar las diversas viandas y repartirlas a cada uno de los integrantes de su familia (4), el sol salía y volvía a entrar en escena, lo que me hacía descartarla del menú sexual de su esposo, que migraba de cuando en cuando para volver, al final del año, con electrodomésticos aparatosos que usaban como ingeniosos libreros y elegantes credenzas envueltas en plástico, impecables, como nuevos.

Creo que la vidita sexual de ese rincón se resumía a silenciosas masturbaciones ocasionales de los dos hijos, mayores de 50 ambos, ya que vivían envueltos en un sospechoso halo monacal encomiable. Nunca supe las razones por las que no se dedicaron oficialmente a la iglesia católica, pues administraban los catecismos locales, digamos, con verdadera vocación franciscana y fervor guadalupano. Gente extraña que, luego he malpensado, debían practicar el onanismo ritual hasta llegar al alucine, porque casi siempre llevaban una férula en algún brazo y usaban pantalones olgados. No se me acercaban ni por error, el saludo lo obviaban cuando yo estaba con su santa madre. Ahora supongo que sabían que yo sabía sobre su “secreto” masturbatorio.

Frente a mi comadrita estaba un taller clandestino de carpintería que solo abría de noche. Se hacían muchos muebles allí, era muy dedicado el maestro que comandaba a una pequeña cuadrilla de madereros… Y aunque parezca obvio, siempre que trato de elaborar teorías en torno a este albergue de village people, comienzo a dudar porque no escuché nada que no fuera cortar, taladrar, lijar y barrer en más de un año que habité el piso que era el techo de dicho taller, -ni albures se dedicaban-.

En mi piso, pared con pared de la mía, se resquebrajó un emblema sexual importante de todo occidente: la figura de la enfermera promiscua, caracterizada por su extrema blancura y su cofia que corona sus desatinos de cama. La solterona, mi vecina, era la frigidez encarnada en un caparazón de mujer con disfraz de enfermera: seria, muda, desatenta, enojona, medio sorda, delgada y sospecho que muy estreñida, la única ocasión que dejó traspasar a alguien las aparatosas puertas del congelador industrial que de seguro era su casa, eran las tres de la mañana.

Yo conducía el desarrollo de una fiestecita interesante en mi casa, cuando ella se presentó medio bebida frente a mi puerta. Saludó a todos los comensales y presentó al señor que la acompañaba: “Él es… ¡un hombre, muchachos!”, y se jalaron al interior de ese congelador de carnes, mientras aplaudía la concurrencia, discrete, ya se sabe.

Al fin se soltaba el pelo y se volaba la barda en una misma tirada, estaba yo pensando sumergido en el océano de los lugares comunes, cuando noté que el “señor hombre” se estaba preparando una cubita en mi barra: “¡La caminera!”, anunció. Creo que nadie reparó que eran las tres y media de la mañana cuando le dio el último trago al vaso y se fue: huía.

Tras mi muro de yeso sólo recuerdo haber oído suspiros y sollozos ¡y no solamente esa noche! Ni una llamada telefónica atendía la enfermera, ni tampoco tenía internet. Un mito sexual perdió su significado en mis concepciones fantásticas del mundo.

Del otro lado, en el mismo piso, estaba el departamento más juicioso de todos: el de un judicial que acostumbraba subirle varios decibeles a los varios amplificadores que guardaba en su tendajón. Era un vecino que consideraba que su atenta selección de la peor música de banda, mezclada con la peor electrónica nacional, nos iba a redimir, pero por lo menos yo nunca supe apreciarlo, ni creo que me halle redimido.

Este fino y edificante personaje cambiaba de pareja, siempre heterosexual, dos o tres veces ¡por semana! Unas peores que las otras; unas más ingenuas, otras más listas; unas más feas, otras más bonitas; unas muy avanzadas de edad, unas sin identificación oficial seguro; todas eran violentamente rebajadas a trastes sucios y encerradas a lo largo de varias horas de sometimiento sonoro, en donde hasta los gritos de auxilio se ahogaban.

Todas entraban y salían resignadas, pensativas, pero por sus propios pies. El judicial no habló conmigo nunca, solo sé que le fastidiaba el silencio, que quizá fuera sordo y que era muy posible que amara el sexo duro. No me consta nada.

Los otros departamentos o estaban abandonados o vivía gente sola, como yo, fantasmas de una sociedad tribal a los que eventualmente se le presentaba una ocasión impagable y contribuían al imaginario social con un buen repertorio de sonidos inclasificables. Pero también estaba la azotea…

lunes, 5 de septiembre de 2011

La ciudad subvertida II. Los vecinos (Iztapalapa, planta baja)


En mi peregrinaje por esta gran Ciudad de México he tenido pocos vecinos memorables por sus alegatas políticociudadanas, casi ninguno bravo o desmadroso y nadie que yo haya sabido se dedicara a hacer cosas tan sospechosas que me permitieran cobrar la recompensa que ofrece el gobierno federal por mi responsable denuncia anónima, pero gran número de vecinos recuerdo por su escandalosa –en todo sentido– vida sexual.

Afortunado, muy jóven pude vivir solitario en un palomar entrañable, a tiro de piedra del Panteón Civil San Nicolás Tolentino, a espaldas del Cerro de la Estrella, la joya de la corona de Iztapalapa. Mi departamento era un segundo piso de un miniedificio pleno de eclecticismos sexuales.

Cada estancia albergaba cuatro refugios donde, ya se sabe, la sala era el comedor, la cocina y parte del baño. Abajo, custodiando las fauces de la fortaleza, vivían cuatro familias de cinco integrantes cada una, y aunque nunca visualicé cómo se repartían la ruta de deambulaje en su choza, sí me quedaron bien claros los modos en que vivían el llamado de la naturaleza.

Una noche que apresuradamente tomó los visos de amanecer nostálgico, un grupo de salvajes conocidos me aventó a las afueras de la porción de Unidad Fovissste que me tocaba padecer, entre el tránsito pesado de la avenida San Lorenzo –ruta cultural tan recóndita como impresionante donde estaban los talleres que manufacturaban probablemente todos los libros del país (FCE, Porrúa, Conaculta, Paidós México, Santillana, UNAM, UAM)–, y el extenso boulevard cuyo nombre sera siempre un misterio: Estrella número 13 ¿alguien lo podría adivinar?

Ahí iba yo, meditando en peores cosas que éstas, cuando al llegar al portón de mi edificio pude escuchar ruidos de movimientos bruscos, como de un racimo de gatos escapando de mi presencia. Me detuve un poco asustado, he de aceptar al paso de los años, cómo no. Y ya que sentí cómo la noche volvía a serenar mi adrenalina, me dispuse a introducir la llave del portón y abrirlo. El manojo de gatos se materializó, merlinalmente, en las sombras y los reflejos de una pareja rechoncha que retozaba desnuda en las escaleras del primer descanso.

Grité. Luego me sorprendió que se sorprendieran con mi actuar tan natural, y la dama, que dominaba la escena misionera, se puso de pie de inmediato para correr gritando, con sus prendas en mano, hacia su casa: el departamento 2, a un lado del umbral donde me encontraba atónito, descubriendo sobre la marcha cómo la señora Almazán resolvía el problema del espacio en su casa, con dos hijas grandes maduronas, un chiquilín de seis años, dos gatos albinos y su esposo que, diligente, mientras mi cerebro operaba esta horrible imagen, recogía mis llaves para entregármelas, pues me quedé hecho una piedra que no supo ni qué hacer. Él, que tenía todo bajo control, sonrió y agregó: “Allá adentro no hay cómo, ni dónde y ni modo”.

Subí pausadamente a mis aposentos. Noté que varios vecinos habían prendido sus luces y hablaban detrás de sus cerrojos oxidados. Yo subí obnubilado y en lo único que pensé al cerrar mi puerta y comenzar a lavarme los ojos con sosa fue: “Ni modo”. Quizá no tenga que aclarar que la familia Almazán cambió un poco su actitud para con mi irresponsable manera de ser vecino. Yo nunca les perdí el asco.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Barba de tonton. El tiempo pasa

En este juego de espejos que es la web 2.0 -ocurrencia abstracta que le debo por completo a mi primo Roberto-, uno comienza a recrearse en otros, como de plano sucede en la realidad, creo, y revisando los blogspots que sigo me encuentro gustoso con una entrada del pasado antiguo, que proviene de una era previa al improvisado crematorio regio, conocido con el cinematográfico nombre de Casino Royale, en Monterrey; o a la de los balazos afuera del estadio mal bautizado como "Territorio Santos Modelo"; es decir antes del renacimiento westerniano en nuestro país.

En esa entrada del 2 de abril de este año, la cual presento aquí abajo, me enfrento casi al natural al juicio experimental de don Julián, un niño que a través de su amá construye discursos sobre su entorno, como una suerte de memorias emocionales que están aguardando su escarnio futuro, sin duda, pero que por el momento permanecen en este espacio, flotando en lugar del entrañable album de nuestras infancias, un tributo de nuestros padres a nuestro pasado inconciente ¿no? Unos tuvimos la Polaroid o la 35mm de nuestros ancestros, don Julián tiene su blogspot multimedia.

Téngase, pues, esta entrada como una instantánea prehistórica ya, en donde, por un momento al menos, no había guerra en la mente de sus protagonistas, tan sólo el descubrimiento de una mirada, que se dio a cambio de una experiencia táctil que aún desconozco yo mismo, como portador de barbas cavernicoloides (cfr. Caveman, Gottlieb, 1981):

La barbe de mon tonton Praxedis
Dimanche passé nous sommes allés déjeuner chez mon tonton Praxedis et ma tante Alejandra, c'était chouette car nous sommes allés faire un tour à Villa Coapa et ma maman a montré qu'elle connaissait vachement bien le quartier! Puis lorsque nous étions prêts à nous installer dans la voiture je me suis rendu compte que mon tonton Praxedis, eh bien il a une super longue barbe, un peu comme un homme des cavernes, rien à voir avec la barbe bien coupée de mon Bon Papa ou celle un peu plus longue de mon Papypicote, et mon papa, n'en parlons pas car, comme Atito, son papa, il n'a pas de barbe du tout. Enfin, j'étais fasciné par sa barbe et il m'a laissé la caresser. C'était chouette!

El domingo pasado fuimos a desayunar en casa de mi tío Praxedis y mi tía Ale, estuvo súper porque además después fuimos a dar una vuelta a Villa Coapa y mi mamá mostró que conocía bastante bien el barrio (vivió allí 10 años!) Y cuando estábamos listos para subirnos al coche me di cuenta de que mi tío Praxedis tiene una barba muuuy larga, un poco como un hombre de las cavernas, nada que ver con la barba siempre bien cortada de mi Bon Papa o la un poco más larga de mi Papypicote, y la de mi papá ni hablar porque como Atito, su papá, no tiene pelos en la barbilla... En fin, estaba fascinado por su barba y hasta me dejó acariciarla. ¡Qué padre!

viernes, 8 de julio de 2011

Los milagros de mi pie izquierdo

va para Lola y Laura

Hace algunos meses unas amigas golondrinas viajeras me regalaron varios milagros condensados en un listón naranja de 47 centímetros, que decidí amarrar a mi tobillo izquierdo. Desde entonces vivo fijándome por dónde voy, creo que me cuido más que antes en los caminos, pero no más por el gesto del regalo que más me valdría sólo por eso, ni por su carga religiosa de la que huyo despavorido, sino por la historia con la que esas golondrinas acompañaron al fetiche, a la que considero el regalo.

Nosso senhor do bonfim es una milagrosa imagen que está en una iglesia construida en una colina de Salvador de Bahía (en la costa noreste de Brasil) a la que se le pueden pedir milagros, siempre y cuando adquieras en las calles aledañas un listoncito que tendrás que amarrar, a sugerencia claro está– de los "beatos repartidores", en las ramas de los árboles que circundan al templo: tres nuditos, tres milagros, deseos ególatras de solución fácil a problemas complejos, el tan siempre venerado deux ex machina católico.

Hasta aquí, todo indica un cuento folclórico de superstición religiosa: eso es. Después viene lo bueno. Arriba, en el párrafo anterior, entrecomillé la expresión "beatos repartidores", porque esos tales son niños, formados como atosigadores profesionales, que van por la vida ganándose unos reales al día ofreciendo las también llamadas pulseras de los deseos del senhor do bonfim.

La verdadera historia de los deseos comienza cuando uno de esos infantes do bonfim consigue endilgarte un listón a cambio de algunas monedas ¡o billetes! en nombre de tus males que podrán ser curados –o tus bienes potenciados– si amarras bien el pedacito de tela al árbol de tu preferencia, siempre y cuando, te advierten los pillos, sea un tronco vecino a la iglesia de nosso senhor. Esa es la clave para comenzara entender el fraude de los milagros.

Quizá debí comenzar escribiendo que mis amigas golondrinas no turistearon en aquella ciudad. La suya, más que una visita de postales, fue una aventura laboral que tiene que ver con lo mejor que puede dar el hombre hoy en día (y me arriesgo con la siguiente expresión tan endeble, tan discutible, espero): un trabajo voluntario con los olvidados de los gobiernos en latinoamérica. Esta cualidad le da a su viaje un espíritu absolutamente incomparable, no más por cuestiones humanitarias que por profundas y valiosas anécdotas que legan a la eternidad y le van dando forma a su vida y a la de quienes las rodean.

Este es el prólogo de la siguiente sorpresa, porque pudiera ser que cayeran en la trampa de los niños, pobres, pobres niños, que te apresuran a adquirir la posibilidad de Aladino, sin lámpara que frotar. Puede ser que el primer día cayeran en la trampa, pero muy pronto, dada su cercanía con los miserables de Bahía, se enteraron de las reglas de ese juego espiritista: esos mismos pobres, pobres niños, convertidos después del atardecer en salvajes citadinos, regresan en medio del silencio de la noche reptando por las calles de la colina y, mientras se arrullan los milagros meciéndose en las enramadas cercanas a la iglesia, van desamarrando con sus finas manecitas, uno a uno, todos los listones que, ahora lo saben ustedes, lectores sacros, vendieron a lo largo de su jornada desenfrenada de deseos. Cargan con los listones a sus casas, donde los remojan y planchan, en algunos casos hasta retocan la leyendita "SENHOR DO BONFIM", hecha con un poco de tinta y barniz, que "blinda" las posibilidades de los deseos del incauto comprador que, además, al entusiasmarse con sus nudos en las ramas, se queda pensando que hizo un bien muy cristiano a la infancia de Brasil.

Al amanecer los tendederos populares lucen como los árboles de la iglesia el día anterior: todos revestidos de telas de colores, saturadísimas, diría yo, de milagros que el citado senhor milagroso do bonfim ignora del todo. Algunos de esos listones irán a la escuela con los niños que se apresurarán a la salida de clases para una nueva vendimia. Otros listones ya estarán en las calles desde bien temprano para llevar el desayuno a las casas donde los atesoran en serio.

Mis golondrinas calcularon que esos listones, acompañados de la historia de su vida como objetos de este mundo, sería un buen recuerdo de su paso por Brasil, y me trajeron uno, sobre el que me sugirieron volver a pedir un milagro, un deseo personal, un recordatorio vital más en mi vida y en la del listón. Consideré en el momento en que me lo dieron – y por supuesto lo sigo considerando todos los días que era un regalo inigualable, un grabancito de a libra, pero ya no quise cargarlo de otro deseo más, otra fantasía incumplida por un santo inútil en la iglesia, pero con un sentido, sinsentido quizás, social encomiable. Ese senhor da vida mercantil a un barrio, probablemente a gran parte de Bahía, con tan sólo estarse mostrando. Esa vida comercia con los espíritus de ¿alguien podría decir cuántas? personas que creen ver cumplido su milagro amarrado a un árbol y no saben ¿alguien podría decirme cuántos milagros? que aguardan todos juntos, planchados y lavados, lavados y vueltos a lavar (en mis esporádicos pero detallados baños), en mi pie izquierdo.

A veces sueño, no sin alguna carga de cursilería compasiva, con que yo pudiera cumplir tan sólo uno de aquellos cientos de milagros con los que camino hacia, espero yo, mi bonfim. No sé. Quizá de pasadita y sin querer cumpla con ese deber que también era parte del regalito.

(Debo foto del listón en mi pie, pues por el momento mi cámara está desentendida de mí.)

lunes, 16 de mayo de 2011

La ciudad subvertida I. Uno nunca sabe todo lo que siempre ha dicho saber del sexo




Esta nueva sección de La trampa de Medusa es un juego de espejos entre la reconocida Carrie Bradshaw, columnista del también reconocido diario neoyorquino The New York Star y este humilde autor. Así, lo que aquí se escriba bajo el signo "La ciudad subvertida" (una frase trucada de López Velarde) se debe entender como lo que la Bradshaw enmarcó en su columna semanal "Sex and the city", que escribía hasta hace poco desde su brownstone (un multifamiliar) de la East 73rd street del Upper East Side en Manhattan.


En mis semestres universitarios, alguna vez, afortunado yo, el poeta Jaime Labastida me dijo lo que, en una entrevista, Albert Einstein le dijo a una reportera sobre "saber algo":
"-Si usted puede hacer que su abuela comprenda cabalmente un tema nuevo para ella-", dijo el científico, "-como la teoría de la relatividad, por ejemplo, o una receta de un pastel que nunca ha preparado, se podrá decir que usted sabe dicho tema, que lo domina y por eso lo sabe explicar."

Algo así me dijo Labastida cuando, balbuceando, le traté de explicar lo que había entendido de su poema Elogios de la luz y de la sombra (Aldus, 1999), que a grandes rasgos era nada. Pero en vez de decirme "No has entendido nada de nada", o sencillamente callarme y echarme de su amplia oficina de la editorial Siglo XXI, que por cierto tenía un olor a talabartería, me dio un útil consejo, que ya antes había sido un útil consejo para alguien más, espero.

Sin embargo, ese consejo de poeta tiene jiribilla, porque no presenta ningún problema frente a la teoría de la relatividad o a una receta de cocina, pero qué tal sobre el sexo. Uno nunca habla con sus abuelitos de cómo hacer una felación, o sobre la mejor elección en lo que a lubricantes anales se refiere. ¿Por qué es así? ¿Por qué nunca podré explicar los beneficios de la posición "de heladito" a mi abuelita? ¿Por qué no podré intercambiar puntos de vista entre el sexo duro y el sexo suave?

Aventuro una respuesta: creo que es porque nunca sabremos cómo acariciaban nuestras abuelas a nuestros abuelos, cómo se excitaban, cómo gritaban de placer cuando una noche de farra volvían a su casa y se iban desnudando a lo largo de toda la casa, diciéndose cosas que los seducían, que los ponían a punto, cómo se acomodaban mejor para explotar de placer. En fin, nunca sabremos cómo hacían el amor.

Por eso y siguiendo la regla que me ofreció Labastida, que a su vez leyó que Einstein ofreció a una reportera que le preguntó "¿Cómo sabemos que sabemos una cosa?", puedo concluir que nunca sabremos todo lo que decimos saber sobre el sexo, queridos lectores. Y aunque creo que habrá algunas excepciones, es mucho mi pudor y acepto que será mejor no saberlas. Ni modo.

Desde el duplex del Andador 59 de Riego, en Villa Coapa, Tlalpan.


Nota: la fotografía es una imagen de la habitación de Ramón López Velarde en Jerez.


jueves, 5 de mayo de 2011

Juan Rulfo, derecho de exclusividad


[Cuando me enteré, en un orfanatorio de la ciudad de Guadalajara, que mi madre había muerto] me volví huraño y aún lo sigo siendo. Aprendí a comer poco o a casi no comer. Aprendí también que lo que no se conoce no se ambiciona y que, al final de cuentas, la única y más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad.

“Ret. Y Aut.”

Juan Rulfo

El 30 de marzo pasado el Tribunal Federal de Justicia Administrativa favoreció al señor Juan Francisco Rulfo Aparicio con la “posesión absoluta, y exclusiva”, de los derechos “del registro de marca del seudónimo ‘Juan Rulfo’” del que a partir de entonces es dueña la familia del escritor y fotógrafo mexicano. Con esto los Rulfo Aparicio (Clara, Claudia Berenice, Juan Francisco, Juan Pablo y Juan Carlos) no sólo consiguen retirar legalmente el nombre de su padre del premio que solía entregar la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, sino que “se considera la posibilidad de proceder de manera similar en otros casos en que se ha identificado una utilización indebida del nombre del autor jalisciense.” (“Comunicado de la familia de Juan Rulfo a la opinion pública”, Víctor Jiménez responsable).

Esta noticia aparentemente inocua nos da una lección sin precedentes en la historia editorial de nuestro país, acostumbradote a que los escritores dejen su nombre en libertad, para que pueda ser utilizado bajo mínimo pretexto en cualquier Escuela Primaria ínfima, biblioteca pública arruinada, librería esplendorosa, calle abandonada, algún premio o algún cineclub de poca monta.

La familia Rulfo Aparicio peleó públicamente uno de los nombres literarios más pronunciados en la cotidianidad literaria desde hace unos buenos cuarenta años y lo ganaron perfectamente. Los Rulfo Aparicio decidirán a qué sí darle lo Rulfo oficialmente y a qué no. Se convierten así en el tribunal de lo rulfiano que controlará la exclusividad de lo que lleve el rotulo “Juan Rulfo”, aunque no les pertenezca del todo.

El autor de Pedro Páramo fue seminarista cuatro años con su nombre completo, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno. Su tío, el coronel anticristero David Pérez Rulfo, le hizo ver que su pasado católico debía desvanecerse en la Ciudad de México, donde viviría definitivamente Juan, no debido a más nada que a los resquemores de la guerra cristera. Juan no lo pensó demasiado y ya al entrar a trabajar a la Seretaría de Gobernación portaba su nombre corto e indudablemente laico.

Cuando fecha en 1940 su primer escrito público, ya llevaba por lo menos tres años llamándose, afirmándose, "Juan Rulfo". Por eso creo que los laberintos de esta nueva exclusividad debieran principiar y desembocar en el tío David, al servicio del Estado Mayor del general Ávila Camacho por aquellos años. Él fue quien aconsejó al escritor cambiar sus dos intrincados y comprometidos apellidos, Pérez Vizcaíno, por el sencillo, redondo y fuera de sospecha clerical “Rulfo”.

Y para entender el desarrollo de este nombre literario genial se debe pasar después por Efrén Hernández y Juan José Arreola, que instaron a Juan para seguir escribiendo las historias deliberadamente inconclusas que una serie casi infinita de hombres le han dado forma en base a la crítica y la investigación. Los nombres que han moldeado al nombre hoy exclusivo van desde Alfonso Reyes, Alí Chumacero, Octavio Paz y Emmanuel Carballo, los primeros lectores de fondo que tuvo Rulfo; hasta Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Felipe Garrido, Fernando Benítez, Elena Poniatowska, Margo Glantz, Susan Sontag, Vicente Rojo y Neus Espresate, quienes han construido la estatura casi mítica de Juan; e incluso Yvette Jiménez de Baez y por supuesto Alberto Vital, responsables de acercar la obra rulfiana al siglo XXI desde vertientes muy diversas entre sí.

Sólo entonces diría que estoy de acuerdo con la familia en que Juan Rulfo no es de todos. Es de quien lo lee por primera vez y lo relee por última. Es de quien lo revisa y hojea, de quien lo compra, lo cambia y lo vende; de quien lo piensa y lo escribe, lo dice y lo corrige; de quien lo ve y lo contempla, de quien se enamora de él o lo odie. Juan Rulfo es de los libros, los lectores; de quien lo cobra y de quien lo paga. No de todos, realmente, no de todos, pero nunca de quien sólo lo quiera para sí.

nota: la imagen es una autobiografía de Juan Rulfo en el Nevado de Toluca, hecha en la década de los 40.

martes, 3 de mayo de 2011

La señorita Renaut calló


Solía marcar un número desde mi teléfono móvil. Venía un tiempo de silencio y comenzaba a hablarme una mujer, insoportablemente neutral, con una perorata amable pero firme: "Su llamada está siendo procesada. Por disposición oficial debes registrar tu línea. Envía un mensaje al 2877 con la palabra "Alta", un punto; tu nombre, un punto; tu apellido paterno, un punto; tu apellido materno, un punto; y tu fecha de nacimiento con el formato: dos dígitos para el día, dos dígitos para el mes y cuatro dígitos para el año".

Cuando llegaba a la última frase me daba la impresión de que la señorita Renaut estaba sonriendo, como convencida de que su extraña y cumplida simpatía al servicio de mi oído había echo efecto en mí, y que de inmediato me registraría, azuzado por la participación ciudadana activa que mi nación me proponía. Nunca hice caso y siempre advertía a quien estuviese conmigo advirtiéndome de que era hora de registrar mi número, que me gustaba escuchar la tierna y fuerte voz de aquella señorita Renaut, a la que imaginaba hermosa, muy alta, pelirroja, narigona y patona, medio bizca pero de una mirada encantadora.

Hoy la Secretaría de Gobernación anuncia oficialmente que los millones y millones y millones y millones que se gastó en desarrollar la iniciativa del Registro Nacional de Usuarios de Teléfono Móvil... que todas las energías canalizadas contra algunos usuarios renuentes y telefonías rebeldonas... que todos los anuncios en los que invirtió otros miles de miles de millones, las amenazas de suspender líneas que quedaran fuera del Registro, las prórrogas y prórrogas que dio para que todo México celular diera sus datos... en fin, que toda la maquinaria del RENAUT llega a su fin porque sí, porque aunque darán una respuesta elaborada y sosa sobre el por qué llega a su fin el RENAUT, finalmente debemos estar conscientes de que es porque sí, como sucede todo en México entre políticos coprófagos, improvisados del todo, ausentes de la realidad, ansiosos por quedarse con lo que ellos creen que es todo el poder, sin un centímetro cúbico de imaginación y, además, pésimos humoristas involuntarios.

Ya no lamento nada de lo que nos sucede muchas veces ya sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta. No hablaré aquí de batallas libradas, ganadas o perdidas para siempre en el ir y venir de todos los días entre los que dicen gobernar y este redactor. No volveré a decir que la democracia caducó hace mil años (quizá más), o que las políticas públicas no pueden ser planteadas con usura (oh, Pound elizondeano) y podredumbre mugrosa (oh, Gonzalo Rojas, recién ido).

El derrumbe del RENAUT sólo me vale porque significa el silencio definitivo de la mujerona que me comunicaba, mi operadora de fantasía, mi conexión con las voces de mi vida, mi intercesora expiativa, mi recordatorio de que algo estaba haciendo mal, mi dama de compañía celular, mi hermosa señorita Renaut.

¡Adiós, señorita!
Ojalá nos volvamos a escuchar pronto.



jueves, 24 de marzo de 2011

Toro manso/Becerro salvaje


para los otros dos maestros de la máxima casa de estudios


Realmente uno nunca sabe lo que dice hasta que se ve interpretado. Es el caso que vivimos dos amigos cinéfilos y yo en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en su edición XXXII. Nos presentamos para hablar sobre la situación actual que vivía la que quizá sea la mejor película de Scorsese hasta ahora, para hacer una revisión, en 45 minutos nos advirtieron, de Raging bull (1980), una inocente reseña de un film que nos encanta, sin duda.

Es verdad que lo hicimos de forma un tanto desordenada y como excitados por el tema y porque era nuestra primera vez en la Feria -todavía tenemos primeras veces a nuestra edad-, y puede que hayamos exagerado y llevado a un extremo irrisorio nuestros razonamientos, pero estamos seguros que nunca dijimos las patrañas que una teenage mutant writer que firma como TOG dice que dictamos "textualmente" en un texto que vive en la red, esperando que algún interesado en el tema lo elija, entre 31 mil hermanos vínculos, y se dé cuenta que un grupo de idiotas auténticos habló de una película, un personaje, un director de cine, de los que no sabía casi nada.

Esta entrada en La trampa de Medusa debe leerse como la respuesta agresiva -uy, qué miedo- y carcajeante -ah, bueno- a ese texto de TOG; como un llamado de atención para los revisores de notas express de la FIL de Minería que parece no están haciendo su trabajo. Entendemos que TOG se vio muy presionada, que acaso era nuestro evento -titulado "Salvaje por treinta años. El Toro de Scorsese"- su tercer nota de las ocho o diez que tenía que redactar al día, que incluso no le haya fascinado del todo lo que dijimos; o lo que es más, que no haya entendido nada (muy probablemente), pero, carajo, hay combinaciones imposibles en esa nota suya que cualquiera al primer vistazo se da cuenta de que algo anda mal con la información o con los exponentes, que cualquiera de sus revisores que cobran por serlo le hubiera pedido la grabadorcita que nos puso a lado del micrófono para confirmar que fuéramos unos idiotas auténticos o unos simples efusivos de la obra scorsesiana que sí dieron datos fidedignos y claros.

En fin, quede como un testimonio de nuestro humorístico paso por este mundo, aunque con reclamo. ¡Felices 30 años, Toro salvaje!, y pobre de Sergio Valdés Villarreal si se encuentra en la calle a Jake LaMotta, que quiere ponerle en claro quién fue el mejor de los pesos medios del mundo. Gracias misteriosa TOG, futura pésima reportera, por ponernos en ridículo... y a Borges. ¡Agárrensen!

La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido

Jorge Luis Borges, escritor argentino.

Salvaje por treinta años: el Toro de Scorsese

  • Toro Salvaje fue nominada a ocho estatuillas, incluyendo a la de Mejor Director
  • No es una película de box, es más que eso, significa castigo y sacrificio
  • “Está hablando una película de recuerdos. La vida de todos es una pelea, es un ring. En cada persona hay un Jake LaMotta”: Praxedis Razo

“Sudamericano, gansteril, violento, es además íntimo. Utiliza historias ajenas para decir lo que él siente”, así señaló Sergio Valdés, profesor de la Facultad de Trabajo Social de la Máxima Casa de Estudios del país, respecto a la película ganadora de la Palma de Oro de Cannes Toro salvaje (Raging Bull) dirigida por Martin Scorsese, la cual fue motivo de debate en la XXXII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

Martín Scorsese, descendiente de sicilianos, pero nacido en New York, al dirigir Toro Salvaje dejó una huella en la historia del cine; a un grado tal que será resguardada en una cápsula para fungir como testimonio de la civilización.

Su colaboración con el actor Robert de Niro comenzó con Malas Calles (1973), quien posteriormente protagonizó Taxi driver (1976), ganadora de la Palma de Oro de Cannes, durante la dirección colaboró con el guionista Paul Schrader. A partir de esos momentos, el actor y el guionista lo acompañaron en su carrera cinematográfica.

Tras el trago casi espontáneo del triunfo logrado por Taxi driver. Scorsese se sume en una transformación de sí mismo que lo guió hacia el abismo. Las fiestas, las drogas y el alcohol llevaron al director a poner en riesgo su salud. Este antecedente definió que Toro salvaje (1980) fuera realizada como despedida, pues consideraba a la muerte acercarse. La masculinidad, el machismo, la misoginia, la autodestrucción y los celos, son elementos invariables en esta obra cinematográfica.

Esta película fue nominada a ocho estatuillas, incluyendo la de Mejor Director. Además consiguió dos premios de la Academia incluyendo el ganado por Robert De Niro al Mejor Actor.

No es una película de box, es más que eso, significa castigo y sacrificio. Jake LaMotta, el boxeador, no sabía pelear. Por ello tuvo que recurrir a la mafia para triunfar. “Hasta que no se vende no logra el título. A la vez que pierde su carrera como boxeador, pierde a su familia, el título…todo”, expuso el profesor de la UNAM, Sergio Valdés.

Scorsese se formó en una escuela de cine. Antes de la generación a la que perteneció, los cineastas se formaban en un estudio de cine, se acercaban a algún reconocido director y le ayudaban en cualquier cosa, además no eran cultos. “Esta generación comienza a hacer historia del cine a través del cine”, explicó Julio Durán de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM.

“El cineasta comienza a vivir el drama de Raging Bull, pues llega al hospital con un coma asmático. Llegan con la biografía de Jake LaMotta y ve en él un símil con lo que estaba pasando en ese momento en su vida. La vida del personaje y de Scorsese tienen una relación metafísica”, intervino Praxedis Razo, maestro y también orquestador de un cine club en la Facultad de Filosofía y Letras de la Máxima Casa de Estudios.

Al tiempo, injirió Sergio Valdés que “los recuerdos encarnados en el ring son nebulosos, por ello son en blanco y negro”. Hay un fragmento a color, estilo Los años maravillosos, cuyo objetivo radica en recordar una vida feliz, plena y distinta a los matices monocromo de casi todo el relato.

“Está hablando una película de recuerdos. La vida de todos es una pelea, es un ring. En cada persona hay un Jake LaMotta”. Toro Salvaje muestra la historia de la civilización, la pelea que sobre la escena de la vida se debe consumar, concluyó Praxedis.

TOG