jueves, 24 de marzo de 2011

Toro manso/Becerro salvaje


para los otros dos maestros de la máxima casa de estudios


Realmente uno nunca sabe lo que dice hasta que se ve interpretado. Es el caso que vivimos dos amigos cinéfilos y yo en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en su edición XXXII. Nos presentamos para hablar sobre la situación actual que vivía la que quizá sea la mejor película de Scorsese hasta ahora, para hacer una revisión, en 45 minutos nos advirtieron, de Raging bull (1980), una inocente reseña de un film que nos encanta, sin duda.

Es verdad que lo hicimos de forma un tanto desordenada y como excitados por el tema y porque era nuestra primera vez en la Feria -todavía tenemos primeras veces a nuestra edad-, y puede que hayamos exagerado y llevado a un extremo irrisorio nuestros razonamientos, pero estamos seguros que nunca dijimos las patrañas que una teenage mutant writer que firma como TOG dice que dictamos "textualmente" en un texto que vive en la red, esperando que algún interesado en el tema lo elija, entre 31 mil hermanos vínculos, y se dé cuenta que un grupo de idiotas auténticos habló de una película, un personaje, un director de cine, de los que no sabía casi nada.

Esta entrada en La trampa de Medusa debe leerse como la respuesta agresiva -uy, qué miedo- y carcajeante -ah, bueno- a ese texto de TOG; como un llamado de atención para los revisores de notas express de la FIL de Minería que parece no están haciendo su trabajo. Entendemos que TOG se vio muy presionada, que acaso era nuestro evento -titulado "Salvaje por treinta años. El Toro de Scorsese"- su tercer nota de las ocho o diez que tenía que redactar al día, que incluso no le haya fascinado del todo lo que dijimos; o lo que es más, que no haya entendido nada (muy probablemente), pero, carajo, hay combinaciones imposibles en esa nota suya que cualquiera al primer vistazo se da cuenta de que algo anda mal con la información o con los exponentes, que cualquiera de sus revisores que cobran por serlo le hubiera pedido la grabadorcita que nos puso a lado del micrófono para confirmar que fuéramos unos idiotas auténticos o unos simples efusivos de la obra scorsesiana que sí dieron datos fidedignos y claros.

En fin, quede como un testimonio de nuestro humorístico paso por este mundo, aunque con reclamo. ¡Felices 30 años, Toro salvaje!, y pobre de Sergio Valdés Villarreal si se encuentra en la calle a Jake LaMotta, que quiere ponerle en claro quién fue el mejor de los pesos medios del mundo. Gracias misteriosa TOG, futura pésima reportera, por ponernos en ridículo... y a Borges. ¡Agárrensen!

La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido

Jorge Luis Borges, escritor argentino.

Salvaje por treinta años: el Toro de Scorsese

  • Toro Salvaje fue nominada a ocho estatuillas, incluyendo a la de Mejor Director
  • No es una película de box, es más que eso, significa castigo y sacrificio
  • “Está hablando una película de recuerdos. La vida de todos es una pelea, es un ring. En cada persona hay un Jake LaMotta”: Praxedis Razo

“Sudamericano, gansteril, violento, es además íntimo. Utiliza historias ajenas para decir lo que él siente”, así señaló Sergio Valdés, profesor de la Facultad de Trabajo Social de la Máxima Casa de Estudios del país, respecto a la película ganadora de la Palma de Oro de Cannes Toro salvaje (Raging Bull) dirigida por Martin Scorsese, la cual fue motivo de debate en la XXXII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

Martín Scorsese, descendiente de sicilianos, pero nacido en New York, al dirigir Toro Salvaje dejó una huella en la historia del cine; a un grado tal que será resguardada en una cápsula para fungir como testimonio de la civilización.

Su colaboración con el actor Robert de Niro comenzó con Malas Calles (1973), quien posteriormente protagonizó Taxi driver (1976), ganadora de la Palma de Oro de Cannes, durante la dirección colaboró con el guionista Paul Schrader. A partir de esos momentos, el actor y el guionista lo acompañaron en su carrera cinematográfica.

Tras el trago casi espontáneo del triunfo logrado por Taxi driver. Scorsese se sume en una transformación de sí mismo que lo guió hacia el abismo. Las fiestas, las drogas y el alcohol llevaron al director a poner en riesgo su salud. Este antecedente definió que Toro salvaje (1980) fuera realizada como despedida, pues consideraba a la muerte acercarse. La masculinidad, el machismo, la misoginia, la autodestrucción y los celos, son elementos invariables en esta obra cinematográfica.

Esta película fue nominada a ocho estatuillas, incluyendo la de Mejor Director. Además consiguió dos premios de la Academia incluyendo el ganado por Robert De Niro al Mejor Actor.

No es una película de box, es más que eso, significa castigo y sacrificio. Jake LaMotta, el boxeador, no sabía pelear. Por ello tuvo que recurrir a la mafia para triunfar. “Hasta que no se vende no logra el título. A la vez que pierde su carrera como boxeador, pierde a su familia, el título…todo”, expuso el profesor de la UNAM, Sergio Valdés.

Scorsese se formó en una escuela de cine. Antes de la generación a la que perteneció, los cineastas se formaban en un estudio de cine, se acercaban a algún reconocido director y le ayudaban en cualquier cosa, además no eran cultos. “Esta generación comienza a hacer historia del cine a través del cine”, explicó Julio Durán de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM.

“El cineasta comienza a vivir el drama de Raging Bull, pues llega al hospital con un coma asmático. Llegan con la biografía de Jake LaMotta y ve en él un símil con lo que estaba pasando en ese momento en su vida. La vida del personaje y de Scorsese tienen una relación metafísica”, intervino Praxedis Razo, maestro y también orquestador de un cine club en la Facultad de Filosofía y Letras de la Máxima Casa de Estudios.

Al tiempo, injirió Sergio Valdés que “los recuerdos encarnados en el ring son nebulosos, por ello son en blanco y negro”. Hay un fragmento a color, estilo Los años maravillosos, cuyo objetivo radica en recordar una vida feliz, plena y distinta a los matices monocromo de casi todo el relato.

“Está hablando una película de recuerdos. La vida de todos es una pelea, es un ring. En cada persona hay un Jake LaMotta”. Toro Salvaje muestra la historia de la civilización, la pelea que sobre la escena de la vida se debe consumar, concluyó Praxedis.

TOG

martes, 22 de marzo de 2011

Aquella tarde/ La sorpresa

Este es el desenlace de un concurso de coautoría entre el escribidor de este blog y Luis Enrique Reyes alias "la hiena", el proponedor de este ejercicio. También es una intolerable y tramposa perversión encubierta en una minificción. Y sin duda es una batalla ganada contra la discreción literaria de nuestra generación. Este pequeño cuentito se declara deudor tanto del olvidado Edmundo Valadés -y lo que eso conlleva-, cuanto del ciudadano más influyente de ficticia.com (Marcial Fernández), ambos extraordinarios sobrevivientes de la vidita editorial en nuestro país, de la que han sido víctimas colaterales este par de minificcionadores. El textículo mencionado dice así y a ver qué opina el respetable:

Aquella tarde las fuertes manos del hombre triste tenían otro color. No había matado a nadie y sin embargo la sangre en sus dedos parecía indicar todo lo contrario. Miró por la ventana y a la distancia observó la silueta de una mujer que se alejaba a pasos acelerados. Entonces supo que, sin lugar a dudas, los cuentos que le habían contado eran mentira -toda la culpa de la cultura estaba expresada en su mueca de entre estupor y ataque cardíaco-. No podía creer que su amada hija, después de todo, fuera virgen. (Extraordinariamente se sentía más tranquilo por un lado...)



martes, 15 de marzo de 2011

Primer manojo de gatos

Los gatos se pasean por los libros con autoridad flagrante sin tener un récord de lectura mayor al de ningún mexicano o hallar sus apellidos importantes en bibliografías mínimas, ni mucho menos. A los gatos, de pronto, se les escucha maullar en el Metropolitan Opera de Nueva York y no se sabe de ninguno que lea, escriba, o siquiera entienda cabalmente música. Se les ha visto en varios cientos de buenas fotografías y se acicalan eternamente los colores en salas de museos muy visitados sin que nadie les moleste.

En fin, los gatos siempre han sido un buen modelo para las artes.


Tres pinturas

La exactitud espontánea, la gracia cándida y la pulcra y sutil promiscuidad de los felinos domésticos sirvieron al pintor Franz Marc en 1912 para examinar el estado de ánimo de los colores en Dos gatos, azul y amarillo. Sin duda este es uno de los óleos más bellos dedicados a estos animales que, sin posar alguna pretensión (todo lo contrario), fueron llamados a las filas de “El Jinete Azul” en busca de una nueva cara para esos dos tonos aburridos ya de tanta distancia en la paleta cromátia, en el intento de dar una más rica perspectiva de nuestra alma a través del espíritu animal que, pensaba Marc, no percibe las cosas desde nuestro limitado e inútil horizonte. Para este pintor de Münich los gatos fueron un instrumento para cuestionar el interior del hombre de principios del siglo XX, que pensó que ver era un acto pasivo cuando tenía el polvorín de la Gran guerra frente a sus ojos.

Por esos mismos años otro gato estaba contemplando en pintura aquello que representó un final de este mundo, la Primera Guerra Mundial. Desde París a través de la ventana Marc Chagall abre la boca de un gato con cara de hombre desconcertado, que es el síntoma interrogante frente a lo que se allegaba. El gato, parece decir el pintor en esa escena deslavada de 1913, puede comprender todo lo que ve (la ansiedad de la Ciudad Luz, los amores escalofriantes y descerebrados, el tren subterráneo y la caída libre de la humanidad) porque no puede hacer nada desde su inequívoca belleza; en cambio el rostro pálido del hombre que se encuentra extasiado pero dudoso de su misma condición felina nos devela esa incapacidad que combatía Franz Marc: la visión apretada e insulsa del destino humano, pleno de sorpresas hipócritas que en realidad aguardan respuestas vívidas y bien catalogadas frente a la sabia indiferencia coloreada del dormir a pata suelta de las bestias.

El gato humano de Chagall ve adivinanzas donde no hay nada que comprender. En cambio, el gato negro que sirvió para pagar la absenta que Théophile Alexandre Steinlen se había tomado durante una larga temporada en el conocido cabaret de fin du siècle, Le Chat Noir, propiedad de Rodolphe Salis (de 1881 a 1897), nos ve sin dudar nada, nos intimida desde su dado cargado de mala suerte y nos desnuda desde su gesto imperial que logró emborrachar hasta el esplendor a los mejores artistas del XIX. El gato negro de Steinlen es el abismo inconsciente que nos reclama. El rostro humanoide de Chagall es el miedo de la consciencia a ese abismo.


Dos ejemplares musicales

La palabra “miau” es una onomatopeya muy común en varios idiomas (quizás en todos los conocidos y desaparecidos) que trae consigo notas musicales llenas de matices misteriosos. Deriva en la lengua humana en un verbo perfectamente conjugable. A nadie debe sorprender que la frase “si hubiéreis maullado un poco más claro nos habrían comprendido a cabalidad” aparezca en una conversación de manera pertinente, llegado el caso, claro.

Freddie Mercury, cantante de Queen, era un amante confeso de los gatos y en su casa, conocida como Garden Lodge, en Kensington, tenía una colonia entera de felinos que a su muerte fue objeto de una fuerte disputa legal entre sus herederos, unos por quererlos otros porque no, en fin. En el último disco del grupo en el que Mercury participó, Innuendo (1991), se escuchan unos maullidos amoroso que el cantante tanzanés dedica a su gatita predilecta: “Delilah” que también da nombre a la canción que no es ninguna joya de la corona de la reina, pero tiene un doble mérito: inmortalizar a una hembra de gato y ser una canción construida a base de onomatopeyas gatunas en las vocales y en el solo de guitarra de Brian May. Al final de su vida, Freddie Mercury fue un milagroso gato juguetón y lacrimoso que dejó un testimonio invaluable de la existencia de un animal que fue, según sus propias palabras, la manzana de sus ojos que siempre lo hizo feliz.

Ciento sesenta años antes de “Delilah” y del virtuosismo vocal de Mercury, Gioachino Rossini, en la cúspide de una carrera musical deslumbrante, se burlaba de ese virtuosísimo cacareo que ostentaban las sopranos de su tiempo, a las que les compuso un dúo bufo inspirado en un par de gatos –de los que lamentablemente se desconoce el nombre- que desayunaban con él en una de sus estancias en Padova. El piano desliza un lento acompañamiento a las subidas y bajadas de la única palabra usada en esa obra para dos cantantes: “Miau”. Rossini calculaba que si las cantantes querían lucir los múltiples tonos que sus poderosas y cursis gargantas alcanzaban a formar, no había mejor ejercicio que el maúllo del celo bien temperado. Así, con “El dúo para gatos” que hoy en día sigue apareciendo como encore de las solistas, el también autor de Guillermo Tell otorga una estatura romántica y sagrada a la voz del gato.


Y los gatógrafos

Meses antes de la caída de Danzig que dio pie a otro fin del mundo sucedido en el siglo XX, mejor estudiado como la Segunda Guerra Mundial, T. S. Eliot publicó en la editora de cabecera de la literatura inglesa (Faber and Faber)–de la cual él mismo fue formador– un libro para niños con dibujos de su propia autoría dedicado a los gatos: Old Possum’s book of practical cats (traducido en México en 1990 para la UAM por José Luis Rivas como El libro de los gatos versátiles del Viejo Tlacuache, del que tomo todas las citas), reconocido entre gatófilos gatómanos de todo el mundo como la piedra de toque de sus obsesiones bestiales por dos razones: ser una obra completamente dedicada a los gatos –su referente más cercano es La Gatomaquia de Lope de Vega de 1634- y por el descubrimiento juguetón y no del poema que abre el libro: “Poner el nombre al gato”.

En este poema Eliot explica que los gatos casan con tres nombres: “Que el primero lo aporte el santoral de la familia” y suelta ejemplos “rebuscados, torcidos, domingueros/ (Lo mismo para damas que para caballeros):/ Platón, Electra, Admeteo, Dunia o Tulio:/ todos gastados nombres del mundanal peculio.” Luego dice que debe estar el nombre que sólo al gato mismo cuadre, “un nombre propio y más que decoroso;/ si no, ¿cómo podría su cola erguir garboso/ o atusar su mostacho o dar alas a su orgullo?” y nos comparte algunos apelativos gatunos: Munkustrap, Quaxo o Carlontanicho. “Pero aparte de tales nombres hay uno privado;/ el nombre que jamás vamos a adivinar,/ un nombre que resiste al inquisidor porfiado;/ solo el gato lo sabe y no lo va a revelar.”

El libro es una suerte de divertimento que tenía Eliot con sus nietos, a quienes escribió por carta cada uno de estos poemas durante toda la década de los 30, bajo el pseudonimo de Old Possum. Además tiene las virtudes de las fábulas que encuentran características humanas entre los animales para sortear la moralidad, decadente siempre, pero sin dejar de observar la “sociología” de los gatos. Esta serie de poemas dio pie al musical Cats que Andrew Lloyd Webber estreno en 1981, donde se rescata el espíritu de la obra literaria: abordar la vida de los gatos como si fuera la vida de los hombres si fueran gatos, una ecuación arriesgada pero con aciertos poco valorados.

Víctima salerosa de la gatificación humana es el escritor mexicano Gerardo Deniz, que dedica parte de su tiempo a la contemplación fisiológica de estos animales, de la que se derivan sendos versos apasionados, que son coronados por una joyita titulada “Miau” que abrevia la materia de su obsesión cariñosa en veinte sílabas que ronrronean en la boca de quien las pronuncia: “Poco hay tan esplendoroso/ como besar al gato entre los ojos” (Semifusas, 2004).

Este gatista ilustrado, entre su vasta obra, tiene una pieza que escribió para hacer de chambelana de un libro con dibujos inéditos de Juan Soriano (Juan Soriano 80. Taller D, Museo Amparo, Fundación Amparo, 2000) y que sencillamente tituló , como para dar lugar al silencio críptico que anuncia las primeras líneas del texto: “Y llegaron/ LOS GATOS de orejas cónicas,/ cucuruchescas, para escuchar sonidos agudísimos.” Líneas que despliegan una fantasía gatuna que nada tiene que ver con lo moralino de las fábulas o con las correspondencias inglesas que Eliot propuso antes de Hiroshima, sino van en busca de lo que Charles Baudelaire perdió en el fondo de su ajenjo (“Peut-être est-il fée, est-il dieu?”), y a lo que yo mismo aspiro a través del cultivo del gatismo: la sensación de dar al gato el amoroso e intenso homenaje que nos merece.

“La cara del gato es una de las dos cosas más perfectas. Las quisiera labradas en mi tumba, como Arquímedes quiso esfera y cilindro: algo había descubierto, y yo también”, escribe Deniz en , proyectándose polvo ciegamente enamorado, de su epitafio y finaliza su obra poética reunida (Erdera, 2005) con uno de los más bellos poemas de amor de la literatura occidental, como desea la academia, “Congeneres”, dedicado, sospecho, a una dama ataviada, cual delicado refunfuño, con el nombre de Krushka:


Anhelaba salir, sin decírmelo. Tanto,/ que la alcé en vilo/ y desde el balcón tras la cocina/ nos asomamos a la medianoche/ entre escobas, dos lazos de tender/ y un quemador de gas./ Abrazada a mi cuello, erguía la cabeza/ para otear lo oscuro, respirar el frescor/ oloroso a fantasmas recién planchados./ Abría grandes ojos pulidos en berilo/ con pasmo cómplice. Yo sólo le besaba la frente./ Me rozaba con orejas cónicas y yertas,/ pero nada decíamos –hasta que no resistí/ sin susurrar sus dos sílabas, tres,/ y al acariciarle la garganta con los dedos/ sentí vibrar el torno de su dicha. Media hora./ Retorné adentro con ella, cerré el balcón sin ruido./ Se posó dulcemente, restregó mis tobillos, cola enhiesta,/ antes de marchar majestuosa hacia nuestra alcoba./ No es común tal riqueza, opulencia sedosa,/ después de catorce años amándonos,/ gata mía.

Nota: las pinturas de arriba, así como las canciones, no son gatos difíciles de hallar; el dibujo inicial es un autorretrato de Juan Soriano triste por ver a uno de sus peores gatos a lápiz -que no viene mucho a cuento, pero me gusta-, sin duda... Pobre Juan, ¡tan buen gatero e hizo este que le salió tan mal!

viernes, 4 de febrero de 2011

Oda a La prensa o presunto animal asesino (y creo que joroba IV)



Hoy, en medio del valiente hartazgo árabe en Egipto, del ¿grave alcoholismo? de Felipe Calderón que ofende mucho a los petistas (por lo cual intuyo que también tienen graves problemas de alcoholismo), de la situación racistoide de la BBC y los mexicanos estereotipo llorones que creen que la política exterior es reclamar ofensas, de la campaña partidista de bajo perfil que lleva a cabo Fernández de Cevallos -hoy corista de ZZ Top-, de la tormenta Monstruo en Chicago que hoy tiene cautivas a dos buenas amigas, de Chihuahua congelado y del increíble viaje gonzo de Miedo y asco en Las Vegas; es decir, en medio de un auténtico fin del mundo según los periodistas, me topo con una extraordinaria portada de un extraordinario periódico de mi Ciudad, La prensa.
En un primer vistazo parece que la imagen predominante, el gran camello, ilustra la rebelión egipcia o, incluso, los granadazos de inconformidad de los beduinos contra el cuartel de seguridad de Sinaí, pero no. Una gran sorpresa lamentable: la sospecha de que uno de los dignos rumiantes del Circo Hermanos Vázquez mató de una patada a la supuesta hermana Vázquez de 65 años de edad. Siguen las investigaciones forenses porque también se habla de un cuadro de fallas respiratorias que presentaba la señora; el camello, toda serenidad arabesca, espera su sentencia o la disculpa pública, no importa. Lo que me tiene conmovido, le recuerdo al amable lector, es simplemente la portada y, particularmente, la síntesis del encabezado:

"Por susto o golpe, camello provocó deceso de la hermana de los dueños de circo; hay consternación de acróbatas y payasitos"

¡Viva México ad nauseam!


martes, 2 de noviembre de 2010

El largo vuelo palomar

En el número doce de la revista Animalia magazine se ha publicado este deambular bestial, que inaugura una pretensión largamente planeada: crear un

bestiario personal. Aquí presento este vuelo que comienza en la Segunda Guerra

y termina en el desfiguro del gallito inglés en paloma


¿Habrá un animal más significativamente limitado en la cultura occidental que la paloma?

Pronunciamos la palabra y casi se nos aparece “la paz”. De eso es culpable Pablo Picasso, el celebérrimo malagueño que, en 1949, pinta a petición de su amigo

, el poeta Louis Aragon, una litografía definitiva para la historia cultural de esta ave: un perfil (podría decirse, en cinco trazos de tinta china) de una tortolita blanca levantando el vuelo con una pequeña rama de

olivo en su pico (La paloma de la paz).

Luego llegaron los comunistas,

promotores de la imagen colocada en cientos de miles de carteles por toda Europa, queanunciaron de febrero a abril el establecimiento del Congreso de la Paz, organizado por elPartido Comunista Francés, del que eran miembros ambos, Picasso y Aragon. A partir de entonces, esos trazos casi maternales cambiarían la ruta de vuelo de nuestro imaginario de las palomas.

Los antecedentes, siempre en Picasso, serán vastos pero de tal modo moldeados que se nos escapan en un primer vistazo. Quizá la fuente más antigua sea la del Génesis, dondedespués de casi 380 días de diluvio universal, el asombroso ingeniero naval llamado Noé –descendiente de la casta divina, por supuesto-, tiene a bien mandar una paloma que vuelve con una rama de olivo en su piquito a la inconmesurable arca, después del chasco de haber elegido a un condenado cuervo, que volvió enfiestado días después del desembarque.

Ya aquella paloma, pasajera del arca de Noé, había sobrevolado la mitología greco-etrusco-latina. Un pichoncito que revoloteaba o padecía donde se apareciera Venus, representaba el

lado cándido del amor, medio

transfigurado lu

ego en Cupido, el dios del amor inocente y primer vástago venusino. A reservade que Picasso hubiera sido un humanista o un lector de la Biblia, sí devoró con insaciable devoción a los renacentistas italianos, quienes incluyeron en alguna de sus varias

versiones de Venus alguna paloma para resaltar la virtud de la inocencia.

¿Qué mejor símbolo de la paz que la inocencia recuperada? El

tiempo perdido de la generación entre guerras llegaba volando, trayendo en el pico un pedazo de olivo, anunciando la tierra

firme después de la gran inundación bélica que anegó a toda Europa. Llegaba, incluso, rediviva, pues el poeta Guillaume Apollinaire, en sus Caligramas escritos poco antes de morir, en 1918, había publicado uno delos ideogramas literarios más citados, “La paloma apuñalada y el surtidor”, que termina “cae la noche OH mar sangriento / Jardines donde sangra abundantemente la adelfa, flor guerrera” y que sin duda leyó con mucha atención Pablo Picasso antes de mojar el pincel en 1949.

El significado pacifista que Picasso le confeccionó a la paloma fue demoledor y traspasó generaciones. Elia Kazan, director de teatro y cine, le da ese mismo sentido a la paloma en su exitosa película (y declaración ética) de 1954, Nido de ratas (On the waterfront). Marlon Brando vive a Terry Malloy, un boxeador malhadado en el ring de su propia vida, colombófilo aficionado, al que su candidez, desdoblada en un niño que aprende todo lo que sabe el púgil de

las palo

mas, le hace ver más allá de su presunta inocencia en la vida "sindical" de los lúgubres muelles neoyorquinos. La escena: la contemplación mansa y dolorosa de todo su palomar muerto, antes cuidadosamente criado y entrenado para dar servicio postal a la barriada, asesinado por crueles roedores que acorralaron a las aves en su propio nido. Todo era una alegoría doble. Por un lado de lo que a Kazan le había sucedido en su interior, cuando las autoridades le pidieron denunciar a sus colegas comunistas, en su nido, el cine y el teatro. Por otro, el cuadro casi costumbrista de lo que sucedía en EE. UU. ese momento.

Así la paloma milenaria vuela del Congreso de la paz al duro Nueva York macartista con el

mismo cebo: la honradez ante todo, la otra mejilla digna por delante. Y así llegó casi intacto ala moraleja fílmica Gavilán o paloma (1985), película-escarnio que el director Alfredo Gurrola hace de/con José José, donde todo está dicho (“pobre tonto, ingenuo charlatán”) sin olvidar dos tiernos aterrizajes obligatorios:


1. En Viridiana (1961), Luis Buñuel despluma sádicamente, en manos de un pordiosero leproso, a la misma Paloma de la paz que Pablo Picasso inmortalizó y que se ha travestido en el más pútrido franquismo español (“Paloma que vienes del sur/ paloma, palomita…”). La despluma (osados como pocos Alatriste: el productor Alatriste y el realizador) en su propio nido, pues

esta película es la única que Buñuel rueda en la campiña española bajo el ma

ndo de Francisco

Franco.

2. Un equipo multidisciplinario cambió la historia vi

sual de los Juegos Olímpicos, haciendo del cadáver exquisito de la paloma que dejó Buñuel en

el mundo, un nuevo cebo picasseano. Lance Wyman, un influyente diseñador gráfico estadounidense; Peter Murdoch, un diseñador británico de imagen industrial; y los arquitectos mexicanos Pedro Ramírez Vázquez y Eduardo Terrazas construyeron exitosamente la imagen de la Olimpiada de la paz, México ’68. Esta vez la paloma llegaba, ahora trastocada con una estética pophuichola, al escaparate deportivo más importante en el mundo. Los comunistas ya no fueron sus promotores, pero la paloma de la paz volvió a reproducirse cientos de miles de veces en carteles, camisetas, lapiceros, libros, programas de mano, etcétera, como en 1949, pero ahora con el objetivo de masificar comercialmente una idea.


Finalmente la paloma fue derribada en pleno vuelo. Y el tiro de gracia se lo tuvo que dar otro pintor ¡y jalisciense!: Juan Soriano, un minucioso detractor de Picasso, que en 1990 imagina, esculpe y escandaliza al público con su pieza La paloma, un bronce negro de 4 toneladas y 6 metros de alto, dispuesto a la entrada del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO –después codiciada y varias veces reproducida sin -valga la expresión- tapujo alguno.



La paloma de la inocencia venusina, la divina antediluviana, la que consagraron con maestría

los pintores italianos, la ideografía simbolista de la noche de principios del siglo XX, la del despertar social, el comercio de las almas deportivas, la del revés macartista y la muerte asquerosa buñueleana; la paloma de la paz utópica y manipuladora ahora está condensada en una mueca sexual titánica, humorística y sensible, menuda y grotesca a la vez.

La paloma de Soriano es incómoda porque no vuela ni trae la paz, pero no lo necesita, sus eternas cualidades (la inocencia, la paz) son vistas desde otro punto de vista, uno más honesto, más mundano, procaz. A Juan Soriano le encantaba llamar a su escultura “La faloma” mientras se reía, el sinvergüenza, de su magna obra.


jueves, 26 de agosto de 2010

joroba III, el Misterio



César Vallejo publicó, gracias a los entusiasmos y un poco del dinero de Antenor Orrego -un filósofo y periodista peruano de nombre muy misterioso que quiso conformar una Bohème en Lima-, Los heraldos negros en 1919 con muchos y demasiados problemas financieros... Es decir, casi no publica esos heraldos ni nada. En fin, sólo los críticos lo leyeron y comenzaron a tender sus puentes desfachatados con el simbolismo, el dolor andino y otras desfachatanerías posibles y probables (aquí no desmentiré nada de nadie). No importa.

Al final de ese poemario, largo, gozoso, firme y cansado, está un título muy sobado por su autor -lo podría apostar sentado, con el poema terminado, pensando con su lápiz tamborileando en el papel, desarrollando líneas inconexas de palabras mientras escuchaba hablar a un loro vecino-, pero muy secreto para todos: "Espergesia", del que se ha dicho mil y una extravagancias: que si esperma, que si genética, incluso en inglés la interpretan como "the addition of words to clarify meaning". No importa.

Dentro de ese poema hay preciosuras tales como un dios enfermo, una esfinge preguntona, algunos años acumulados, un vacío de aire metafísico, una flor de fuego, vida, muerte, lindes y Lindes (Llindes en asturiano, una parroquia construida en honor a santo Tomás, en la que viven no más de 75 personas, según censos muy serios en Asturias) y un puñado de luyidos vientos. No importa.

Lo que aquí mencionaré, dándole cierta importancia, es que hay una pequeña joroba "musical y triste" que define y nos orienta en el magma milagroso de Vallejo. Es gracias a esa joroba, el Misterio, que sabemos de qué se trata todo.

"Espergesia" es un poema que habla por sí mismo hermosamente. Me atrevo a desmenuzarlo de manera espantosa para revelar la importancia de la jorobita:

Yo, poema, nací un día que Vallejo, mi Dios particular, estuvo enfermo... grave. Tengo un aire metafísico que no me hallo. Hermano, lector, escucha, todos saben que mastico con mis versos chirriantes, que vivo sin acompletarme nunca y mientras me escriben alumbro poco y ensombrezco demasiado a quien me lea y crea. El Misterio es mi final, porque no puede ser, sencillamente es un paso sobre un posible límite que además es infinitamente imposible, como ir de la linde de una hoja a una parroquia lejana que nadie recordará jamás. El Misterio es la joroba, el hemistiquio y los acentos, la cara ortográfica avejentada e inútil, la regla y la sílaba, la esclavitud de la inspiración que denuncia -miradlo todo, ningún hermoso final- el delgado paso de la muerte entre lo físico y lo espiritual. La joroba es la que me ata y me materializa y hace posible tu largo suspirar al verme, al sentir que sientes, al creer que entiendes si me lees, al saber que lo sabes, es el laboratorio de la alquimia poética.

No importa. Es parte de esta intensa antología y el Divino César Vallejo tiene la palabra:

Espergesia



Yo nací un día 

que Dios estuvo enfermo.



Todos saben que vivo, 

que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.

Pues yo nací un día 

que Dios estuvo enfermo.



Hay un vacío

en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.



Yo nací un día

que Díos estuvo enfermo.



Hermano, escucha, escucha...

Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,

sin dejar eneros.


Pues yo nací un día

que Díos estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,

que mastico... Y no saben

por qué en mi verso chirrían,

oscuro sinsabor de féretro,

luyidos vientos

desenroscados de la Esfinge

preguntona del Desierto. 

Todos saben... Y no saben

que la luz es tísica,

y la Sombra gorda...

Y no saben que el Misterio sintetiza...

que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.



Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,

grave.



En la fotografía: César Vallejo sonriente, inédito, brindando por el Misterio en lo que parece ser una fiesta parisina a todo dar.

jueves, 8 de julio de 2010

La visión



al enemigo que se va, puentes de plata


Cuando volviste la prisión creció de nuevo. Ahí donde el estiércol abandonado empezaba a madurar la tierra, ahora ya todos se dan la espalda a todos, la fruta pudrifica, la sangre se corta, se enniebla el horizonte, el tiempo se detuvo.

    De las cavernas más profundas regresaste, animal herido, silencioso, que tanto daño hiciste a los perros más rabiosos: eres el monstruo temible indultado, que respira con trabajos, calculando las ventajas obtenidas por tu dedo inmaculado. Eres la bestia mugrosa que arrastra sus moscas consigo, adentro de tu caparazón dorado, que dejas una baba ácida a tu paso muerto. Tus alas, torpes, con las que nunca has volado, tiran todo en su andar peligroso por el pueblo desierto.

    Enemigo, te acuestas a descansar sobre tu larga cola. Sin vergüenza ninguna defecas y devoras. En tu mente existe la imagen de la victoria absoluta:

    --El amor lo puede todo --, te confortas y te propones dormir, soñando con tus actos más viles, el llanto de los inocentes.

    La gente sale de su casa, comienza a respirar el aliento envenenado de la creatura. No dice nada, se prepara para irse a trabajar. El futuro agarra sus triques y se larga lejos con su modestia inútil.

    Yo odio pero trato de no hacer mucho ruido con la pluma, para no despertárte de tu siesta, visión pestilente.



Nota: la pintura utilizada al principio es de Francisco Goya y se llama La visión fantástica o Asmodea. Este texto pertenece a un cuaderno de notas que data de mi verano de 2009.