
lunes, 16 de mayo de 2011
La ciudad subvertida I. Uno nunca sabe todo lo que siempre ha dicho saber del sexo

jueves, 5 de mayo de 2011
Juan Rulfo, derecho de exclusividad
[Cuando me enteré, en un orfanatorio de la ciudad de Guadalajara, que mi madre había muerto] me volví huraño y aún lo sigo siendo. Aprendí a comer poco o a casi no comer. Aprendí también que lo que no se conoce no se ambiciona y que, al final de cuentas, la única y más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad.
“Ret. Y Aut.”
Juan Rulfo

El 30 de marzo pasado el Tribunal Federal de Justicia Administrativa favoreció al señor Juan Francisco Rulfo Aparicio con la “posesión absoluta, y exclusiva”, de los derechos “del registro de marca del seudónimo ‘Juan Rulfo’” del que a partir de entonces es dueña la familia del escritor y fotógrafo mexicano. Con esto los Rulfo Aparicio (Clara, Claudia Berenice, Juan Francisco, Juan Pablo y Juan Carlos) no sólo consiguen retirar legalmente el nombre de su padre del premio que solía entregar la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, sino que “se considera la posibilidad de proceder de manera similar en otros casos en que se ha identificado una utilización indebida del nombre del autor jalisciense.” (“Comunicado de la familia de Juan Rulfo a la opinion pública”, Víctor Jiménez responsable).
Esta noticia aparentemente inocua nos da una lección sin precedentes en la historia editorial de nuestro país, acostumbradote a que los escritores dejen su nombre en libertad, para que pueda ser utilizado bajo mínimo pretexto en cualquier Escuela Primaria ínfima, biblioteca pública arruinada, librería esplendorosa, calle abandonada, algún premio o algún cineclub de poca monta.
La familia Rulfo Aparicio peleó públicamente uno de los nombres literarios más pronunciados en la cotidianidad literaria desde hace unos buenos cuarenta años y lo ganaron perfectamente. Los Rulfo Aparicio decidirán a qué sí darle lo Rulfo oficialmente y a qué no. Se convierten así en el tribunal de lo rulfiano que controlará la exclusividad de lo que lleve el rotulo “Juan Rulfo”, aunque no les pertenezca del todo.
El autor de Pedro Páramo fue seminarista cuatro años con su nombre completo, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno. Su tío, el coronel anticristero David Pérez Rulfo, le hizo ver que su pasado católico debía desvanecerse en la Ciudad de México, donde viviría definitivamente Juan, no debido a más nada que a los resquemores de la guerra cristera. Juan no lo pensó demasiado y ya al entrar a trabajar a la Seretaría de Gobernación portaba su nombre corto e indudablemente laico.
Cuando fecha en 1940 su primer escrito público, ya llevaba por lo menos tres años llamándose, afirmándose, "Juan Rulfo". Por eso creo que los laberintos de esta nueva exclusividad debieran principiar y desembocar en el tío David, al servicio del Estado Mayor del general Ávila Camacho por aquellos años. Él fue quien aconsejó al escritor cambiar sus dos intrincados y comprometidos apellidos, Pérez Vizcaíno, por el sencillo, redondo y fuera de sospecha clerical “Rulfo”.
Y para entender el desarrollo de este nombre literario genial se debe pasar después por Efrén Hernández y Juan José Arreola, que instaron a Juan para seguir escribiendo las historias deliberadamente inconclusas que una serie casi infinita de hombres le han dado forma en base a la crítica y la investigación. Los nombres que han moldeado al nombre hoy exclusivo van desde Alfonso Reyes, Alí Chumacero, Octavio Paz y Emmanuel Carballo, los primeros lectores de fondo que tuvo Rulfo; hasta Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Felipe Garrido, Fernando Benítez, Elena Poniatowska, Margo Glantz, Susan Sontag, Vicente Rojo y Neus Espresate, quienes han construido la estatura casi mítica de Juan; e incluso Yvette Jiménez de Baez y por supuesto Alberto Vital, responsables de acercar la obra rulfiana al siglo XXI desde vertientes muy diversas entre sí.
nota: la imagen es una autobiografía de Juan Rulfo en el Nevado de Toluca, hecha en la década de los 40.
martes, 3 de mayo de 2011
La señorita Renaut calló

Solía marcar un número desde mi teléfono móvil. Venía un tiempo de silencio y comenzaba a hablarme una mujer, insoportablemente neutral, con una perorata amable pero firme: "Su llamada está siendo procesada. Por disposición oficial debes registrar tu línea. Envía un mensaje al 2877 con la palabra "Alta", un punto; tu nombre, un punto; tu apellido paterno, un punto; tu apellido materno, un punto; y tu fecha de nacimiento con el formato: dos dígitos para el día, dos dígitos para el mes y cuatro dígitos para el año".
jueves, 24 de marzo de 2011
Toro manso/Becerro salvaje

para los otros dos maestros de la máxima casa de estudios
Realmente uno nunca sabe lo que dice hasta que se ve interpretado. Es el caso que vivimos dos amigos cinéfilos y yo en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en su edición XXXII. Nos presentamos para hablar sobre la situación actual que vivía la que quizá sea la mejor película de Scorsese hasta ahora, para hacer una revisión, en 45 minutos nos advirtieron, de Raging bull (1980), una inocente reseña de un film que nos encanta, sin duda.
Es verdad que lo hicimos de forma un tanto desordenada y como excitados por el tema y porque era nuestra primera vez en la Feria -todavía tenemos primeras veces a nuestra edad-, y puede que hayamos exagerado y llevado a un extremo irrisorio nuestros razonamientos, pero estamos seguros que nunca dijimos las patrañas que una teenage mutant writer que firma como TOG dice que dictamos "textualmente" en un texto que vive en la red, esperando que algún interesado en el tema lo elija, entre 31 mil hermanos vínculos, y se dé cuenta que un grupo de idiotas auténticos habló de una película, un personaje, un director de cine, de los que no sabía casi nada.
Esta entrada en La trampa de Medusa debe leerse como la respuesta agresiva -uy, qué miedo- y carcajeante -ah, bueno- a ese texto de TOG; como un llamado de atención para los revisores de notas express de la FIL de Minería que parece no están haciendo su trabajo. Entendemos que TOG se vio muy presionada, que acaso era nuestro evento -titulado "Salvaje por treinta años. El Toro de Scorsese"- su tercer nota de las ocho o diez que tenía que redactar al día, que incluso no le haya fascinado del todo lo que dijimos; o lo que es más, que no haya entendido nada (muy probablemente), pero, carajo, hay combinaciones imposibles en esa nota suya que cualquiera al primer vistazo se da cuenta de que algo anda mal con la información o con los exponentes, que cualquiera de sus revisores que cobran por serlo le hubiera pedido la grabadorcita que nos puso a lado del micrófono para confirmar que fuéramos unos idiotas auténticos o unos simples efusivos de la obra scorsesiana que sí dieron datos fidedignos y claros.
En fin, quede como un testimonio de nuestro humorístico paso por este mundo, aunque con reclamo. ¡Felices 30 años, Toro salvaje!, y pobre de Sergio Valdés Villarreal si se encuentra en la calle a Jake LaMotta, que quiere ponerle en claro quién fue el mejor de los pesos medios del mundo. Gracias misteriosa TOG, futura pésima reportera, por ponernos en ridículo... y a Borges. ¡Agárrensen!
La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido
Jorge Luis Borges, escritor argentino.
| Salvaje por treinta años: el Toro de Scorsese
“Sudamericano, gansteril, violento, es además íntimo. Utiliza historias ajenas para decir lo que él siente”, así señaló Sergio Valdés, profesor de la Facultad de Trabajo Social de la Máxima Casa de Estudios del país, respecto a la película ganadora de la Palma de Oro de Cannes Toro salvaje (Raging Bull) dirigida por Martin Scorsese, la cual fue motivo de debate en la XXXII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Martín Scorsese, descendiente de sicilianos, pero nacido en New York, al dirigir Toro Salvaje dejó una huella en la historia del cine; a un grado tal que será resguardada en una cápsula para fungir como testimonio de la civilización. Su colaboración con el actor Robert de Niro comenzó con Malas Calles (1973), quien posteriormente protagonizó Taxi driver (1976), ganadora de la Palma de Oro de Cannes, durante la dirección colaboró con el guionista Paul Schrader. A partir de esos momentos, el actor y el guionista lo acompañaron en su carrera cinematográfica. Tras el trago casi espontáneo del triunfo logrado por Taxi driver. Scorsese se sume en una transformación de sí mismo que lo guió hacia el abismo. Las fiestas, las drogas y el alcohol llevaron al director a poner en riesgo su salud. Este antecedente definió que Toro salvaje (1980) fuera realizada como despedida, pues consideraba a la muerte acercarse. La masculinidad, el machismo, la misoginia, la autodestrucción y los celos, son elementos invariables en esta obra cinematográfica. Esta película fue nominada a ocho estatuillas, incluyendo la de Mejor Director. Además consiguió dos premios de la Academia incluyendo el ganado por Robert De Niro al Mejor Actor. No es una película de box, es más que eso, significa castigo y sacrificio. Jake LaMotta, el boxeador, no sabía pelear. Por ello tuvo que recurrir a la mafia para triunfar. “Hasta que no se vende no logra el título. A la vez que pierde su carrera como boxeador, pierde a su familia, el título…todo”, expuso el profesor de la UNAM, Sergio Valdés. Scorsese se formó en una escuela de cine. Antes de la generación a la que perteneció, los cineastas se formaban en un estudio de cine, se acercaban a algún reconocido director y le ayudaban en cualquier cosa, además no eran cultos. “Esta generación comienza a hacer historia del cine a través del cine”, explicó Julio Durán de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM. “El cineasta comienza a vivir el drama de Raging Bull, pues llega al hospital con un coma asmático. Llegan con la biografía de Jake LaMotta y ve en él un símil con lo que estaba pasando en ese momento en su vida. La vida del personaje y de Scorsese tienen una relación metafísica”, intervino Praxedis Razo, maestro y también orquestador de un cine club en la Facultad de Filosofía y Letras de la Máxima Casa de Estudios. Al tiempo, injirió Sergio Valdés que “los recuerdos encarnados en el ring son nebulosos, por ello son en blanco y negro”. Hay un fragmento a color, estilo Los años maravillosos, cuyo objetivo radica en recordar una vida feliz, plena y distinta a los matices monocromo de casi todo el relato. “Está hablando una película de recuerdos. La vida de todos es una pelea, es un ring. En cada persona hay un Jake LaMotta”. Toro Salvaje muestra la historia de la civilización, la pelea que sobre la escena de la vida se debe consumar, concluyó Praxedis. TOG |
martes, 22 de marzo de 2011
Aquella tarde/ La sorpresa
martes, 15 de marzo de 2011
Primer manojo de gatos

Los gatos se pasean por los libros con autoridad flagrante sin tener un récord de lectura mayor al de ningún mexicano o hallar sus apellidos importantes en bibliografías mínimas, ni mucho menos. A los gatos, de pronto, se les escucha maullar en el Metropolitan Opera de Nueva York y no se sabe de ninguno que lea, escriba, o siquiera entienda cabalmente música. Se les ha visto en varios cientos de buenas fotografías y se acicalan eternamente los colores en salas de museos muy visitados sin que nadie les moleste.
En fin, los gatos siempre han sido un buen modelo para las artes.
Tres pinturas
La exactitud espontánea, la gracia cándida y la pulcra y sutil promiscuidad de los felinos domésticos sirvieron al pintor Franz Marc en 1912 para examinar el estado de ánimo de los colores en Dos gatos, azul y amarillo. Sin duda este es uno de los óleos más bellos dedicados a estos animales que, sin posar alguna pretensión (todo lo contrario), fueron llamados a las filas de “El Jinete Azul” en busca de una nueva cara para esos dos tonos aburridos ya de tanta distancia en la paleta cromátia, en el intento de dar una más rica perspectiva de nuestra alma a través del espíritu animal que, pensaba Marc, no percibe las cosas desde nuestro limitado e inútil horizonte. Para este pintor de Münich los gatos fueron un instrumento para cuestionar el interior del hombre de principios del siglo XX, que pensó que ver era un acto pasivo cuando tenía el polvorín de la Gran guerra frente a sus ojos.
Por esos mismos años otro gato estaba contemplando en pintura aquello que representó un final de este mundo, la Primera Guerra Mundial. Desde París a través de la ventana Marc Chagall abre la boca de un gato con cara de hombre desconcertado, que es el síntoma interrogante frente a lo que se allegaba. El gato, parece decir el pintor en esa escena deslavada de 1913, puede comprender todo lo que ve (la ansiedad de la Ciudad Luz, los amores escalofriantes y descerebrados, el tren subterráneo y la caída libre de la humanidad) porque no puede hacer nada desde su inequívoca belleza; en cambio el rostro pálido del hombre que se encuentra extasiado pero dudoso de su misma condición felina nos devela esa incapacidad que combatía Franz Marc: la visión apretada e insulsa del destino humano, pleno de sorpresas hipócritas que en realidad aguardan respuestas vívidas y bien catalogadas frente a la sabia indiferencia coloreada del dormir a pata suelta de las bestias.
El gato humano de Chagall ve adivinanzas donde no hay nada que comprender. En cambio, el gato negro que sirvió para pagar la absenta que Théophile Alexandre Steinlen se había tomado durante una larga temporada en el conocido cabaret de fin du siècle, Le Chat Noir, propiedad de Rodolphe Salis (de 1881 a 1897), nos ve sin dudar nada, nos intimida desde su dado cargado de mala suerte y nos desnuda desde su gesto imperial que logró emborrachar hasta el esplendor a los mejores artistas del XIX. El gato negro de Steinlen es el abismo inconsciente que nos reclama. El rostro humanoide de Chagall es el miedo de la consciencia a ese abismo.
Dos ejemplares musicales
La palabra “miau” es una onomatopeya muy común en varios idiomas (quizás en todos los conocidos y desaparecidos) que trae consigo notas musicales llenas de matices misteriosos. Deriva en la lengua humana en un verbo perfectamente conjugable. A nadie debe sorprender que la frase “si hubiéreis maullado un poco más claro nos habrían comprendido a cabalidad” aparezca en una conversación de manera pertinente, llegado el caso, claro.
Freddie Mercury, cantante de Queen, era un amante confeso de los gatos y en su casa, conocida como Garden Lodge, en Kensington, tenía una colonia entera de felinos que a su muerte fue objeto de una fuerte disputa legal entre sus herederos, unos por quererlos otros porque no, en fin. En el último disco del grupo en el que Mercury participó, Innuendo (1991), se escuchan unos maullidos amoroso que el cantante tanzanés dedica a su gatita predilecta: “Delilah” que también da nombre a la canción que no es ninguna joya de la corona de la reina, pero tiene un doble mérito: inmortalizar a una hembra de gato y ser una canción construida a base de onomatopeyas gatunas en las vocales y en el solo de guitarra de Brian May. Al final de su vida, Freddie Mercury fue un milagroso gato juguetón y lacrimoso que dejó un testimonio invaluable de la existencia de un animal que fue, según sus propias palabras, la manzana de sus ojos que siempre lo hizo feliz.
Ciento sesenta años antes de “Delilah” y del virtuosismo vocal de Mercury, Gioachino Rossini, en la cúspide de una carrera musical deslumbrante, se burlaba de ese virtuosísimo cacareo que ostentaban las sopranos de su tiempo, a las que les compuso un dúo bufo inspirado en un par de gatos –de los que lamentablemente se desconoce el nombre- que desayunaban con él en una de sus estancias en Padova. El piano desliza un lento acompañamiento a las subidas y bajadas de la única palabra usada en esa obra para dos cantantes: “Miau”. Rossini calculaba que si las cantantes querían lucir los múltiples tonos que sus poderosas y cursis gargantas alcanzaban a formar, no había mejor ejercicio que el maúllo del celo bien temperado. Así, con “El dúo para gatos” que hoy en día sigue apareciendo como encore de las solistas, el también autor de Guillermo Tell otorga una estatura romántica y sagrada a la voz del gato.
Y los gatógrafos
Meses antes de la caída de Danzig que dio pie a otro fin del mundo sucedido en el siglo XX, mejor estudiado como la Segunda Guerra Mundial, T. S. Eliot publicó en la editora de cabecera de la literatura inglesa (Faber and Faber)–de la cual él mismo fue formador– un libro para niños con dibujos de su propia autoría dedicado a los gatos: Old Possum’s book of practical cats (traducido en México en 1990 para la UAM por José Luis Rivas como El libro de los gatos versátiles del Viejo Tlacuache, del que tomo todas las citas), reconocido entre gatófilos gatómanos de todo el mundo como la piedra de toque de sus obsesiones bestiales por dos razones: ser una obra completamente dedicada a los gatos –su referente más cercano es La Gatomaquia de Lope de Vega de 1634- y por el descubrimiento juguetón y no del poema que abre el libro: “Poner el nombre al gato”.
En este poema Eliot explica que los gatos casan con tres nombres: “Que el primero lo aporte el santoral de la familia” y suelta ejemplos “rebuscados, torcidos, domingueros/ (Lo mismo para damas que para caballeros):/ Platón, Electra, Admeteo, Dunia o Tulio:/ todos gastados nombres del mundanal peculio.” Luego dice que debe estar el nombre que sólo al gato mismo cuadre, “un nombre propio y más que decoroso;/ si no, ¿cómo podría su cola erguir garboso/ o atusar su mostacho o dar alas a su orgullo?” y nos comparte algunos apelativos gatunos: Munkustrap, Quaxo o Carlontanicho. “Pero aparte de tales nombres hay uno privado;/ el nombre que jamás vamos a adivinar,/ un nombre que resiste al inquisidor porfiado;/ solo el gato lo sabe y no lo va a revelar.”
El libro es una suerte de divertimento que tenía Eliot con sus nietos, a quienes escribió por carta cada uno de estos poemas durante toda la década de los 30, bajo el pseudonimo de Old Possum. Además tiene las virtudes de las fábulas que encuentran características humanas entre los animales para sortear la moralidad, decadente siempre, pero sin dejar de observar la “sociología” de los gatos. Esta serie de poemas dio pie al musical Cats que Andrew Lloyd Webber estreno en 1981, donde se rescata el espíritu de la obra literaria: abordar la vida de los gatos como si fuera la vida de los hombres si fueran gatos, una ecuación arriesgada pero con aciertos poco valorados.
Víctima salerosa de la gatificación humana es el escritor mexicano Gerardo Deniz, que dedica parte de su tiempo a la contemplación fisiológica de estos animales, de la que se derivan sendos versos apasionados, que son coronados por una joyita titulada “Miau” que abrevia la materia de su obsesión cariñosa en veinte sílabas que ronrronean en la boca de quien las pronuncia: “Poco hay tan esplendoroso/ como besar al gato entre los ojos” (Semifusas, 2004).
Este gatista ilustrado, entre su vasta obra, tiene una pieza que escribió para hacer de chambelana de un libro con dibujos inéditos de Juan Soriano (Juan Soriano 80. Taller D, Museo Amparo, Fundación Amparo, 2000) y que sencillamente tituló …, como para dar lugar al silencio críptico que anuncia las primeras líneas del texto: “Y llegaron/ LOS GATOS de orejas cónicas,/ cucuruchescas, para escuchar sonidos agudísimos.” Líneas que despliegan una fantasía gatuna que nada tiene que ver con lo moralino de las fábulas o con las correspondencias inglesas que Eliot propuso antes de Hiroshima, sino van en busca de lo que Charles Baudelaire perdió en el fondo de su ajenjo (“Peut-être est-il fée, est-il dieu?”), y a lo que yo mismo aspiro a través del cultivo del gatismo: la sensación de dar al gato el amoroso e intenso homenaje que nos merece.
“La cara del gato es una de las dos cosas más perfectas. Las quisiera labradas en mi tumba, como Arquímedes quiso esfera y cilindro: algo había descubierto, y yo también”, escribe Deniz en …, proyectándose polvo ciegamente enamorado, de su epitafio y finaliza su obra poética reunida (Erdera, 2005) con uno de los más bellos poemas de amor de la literatura occidental, como desea la academia, “Congeneres”, dedicado, sospecho, a una dama ataviada, cual delicado refunfuño, con el nombre de Krushka:
Anhelaba salir, sin decírmelo. Tanto,/ que la alcé en vilo/ y desde el balcón tras la cocina/ nos asomamos a la medianoche/ entre escobas, dos lazos de tender/ y un quemador de gas./ Abrazada a mi cuello, erguía la cabeza/ para otear lo oscuro, respirar el frescor/ oloroso a fantasmas recién planchados./ Abría grandes ojos pulidos en berilo/ con pasmo cómplice. Yo sólo le besaba la frente./ Me rozaba con orejas cónicas y yertas,/ pero nada decíamos –hasta que no resistí/ sin susurrar sus dos sílabas, tres,/ y al acariciarle la garganta con los dedos/ sentí vibrar el torno de su dicha. Media hora./ Retorné adentro con ella, cerré el balcón sin ruido./ Se posó dulcemente, restregó mis tobillos, cola enhiesta,/ antes de marchar majestuosa hacia nuestra alcoba./ No es común tal riqueza, opulencia sedosa,/ después de catorce años amándonos,/ gata mía.
Nota: las pinturas de arriba, así como las canciones, no son gatos difíciles de hallar; el dibujo inicial es un autorretrato de Juan Soriano triste por ver a uno de sus peores gatos a lápiz -que no viene mucho a cuento, pero me gusta-, sin duda... Pobre Juan, ¡tan buen gatero e hizo este que le salió tan mal!
viernes, 4 de febrero de 2011
Oda a La prensa o presunto animal asesino (y creo que joroba IV)

martes, 2 de noviembre de 2010
El largo vuelo palomar
En el número doce de la revista Animalia magazine se ha publicado este deambular bestial, que inaugura una pretensión largamente planeada: crear un
bestiario personal. Aquí presento este vuelo que comienza en la Segunda Guerra
y termina en el desfiguro del gallito inglés en paloma

¿Habrá un animal más significativamente limitado en la cultura occidental que la paloma?
Pronunciamos la palabra y casi se nos aparece “la paz”. De eso es culpable Pablo Picasso, el celebérrimo malagueño que, en 1949, pinta a petición de su amigo
, el poeta Louis Aragon, una litografía definitiva para la historia cultural de esta ave: un perfil (podría decirse, en cinco trazos de tinta china) de una tortolita blanca levantando el vuelo con una pequeña rama de
olivo en su pico (La paloma de la paz).
Luego llegaron los comunistas,
promotores de la imagen colocada en cientos de miles de carteles por toda Europa, queanunciaron de febrero a abril el establecimiento del Congreso de la Paz, organizado por elPartido Comunista Francés, del que eran miembros ambos, Picasso y Aragon. A partir de entonces, esos trazos casi maternales cambiarían la ruta de vuelo de nuestro imaginario de las palomas.
Los antecedentes, siempre en Picasso, serán vastos pero de tal modo moldeados que se nos escapan en un primer vistazo. Quizá la fuente más antigua sea la del Génesis, dondedespués de casi 380 días de diluvio universal, el asombroso ingeniero naval llamado Noé –descendiente de la casta divina, por supuesto-, tiene a bien mandar una paloma que vuelve con una rama de olivo en su piquito a la inconmesurable arca, después del chasco de haber elegido a un condenado cuervo, que volvió enfiestado días después del desembarque.
Ya aquella paloma, pasajera del arca de Noé, había sobrevolado la mitología greco-etrusco-latina. Un pichoncito que revoloteaba o padecía donde se apareciera Venus, representaba el
lado cándido del amor, medio
transfigurado lu
ego en Cupido, el dios del amor inocente y primer vástago venusino. A reservade que Picasso hubiera sido un humanista o un lector de la Biblia, sí devoró con insaciable devoción a los renacentistas italianos, quienes incluyeron en alguna de sus varias
versiones de Venus alguna paloma para resaltar la virtud de la inocencia.

¿Qué mejor símbolo de la paz que la inocencia recuperada? El
tiempo perdido de la generación entre guerras llegaba volando, trayendo en el pico un pedazo de olivo, anunciando la tierra
firme después de la gran inundación bélica que anegó a toda Europa. Llegaba, incluso, rediviva, pues el poeta Guillaume Apollinaire, en sus Caligramas escritos poco antes de morir, en 1918, había publicado uno delos ideogramas literarios más citados, “La paloma apuñalada y el surtidor”, que termina “cae la noche OH mar sangriento / Jardines donde sangra abundantemente la adelfa, flor guerrera” y que sin duda leyó con mucha atención Pablo Picasso antes de mojar el pincel en 1949.
El significado pacifista que Picasso le confeccionó a la paloma fue demoledor y traspasó generaciones. Elia Kazan, director de teatro y cine, le da ese mismo sentido a la paloma en su exitosa película (y declaración ética) de 1954, Nido de ratas (On the waterfront). Marlon Brando vive a Terry Malloy, un boxeador malhadado en el ring de su propia vida, colombófilo aficionado, al que su candidez, desdoblada en un niño que aprende todo lo que sabe el púgil de
las palo
mas, le hace ver más allá de su presunta inocencia en la vida "sindical" de los lúgubres muelles neoyorquinos. La escena: la contemplación mansa y dolorosa de todo su palomar muerto, antes cuidadosamente criado y entrenado para dar servicio postal a la barriada, asesinado por crueles roedores que acorralaron a las aves en su propio nido. Todo era una alegoría doble. Por un lado de lo que a Kazan le había sucedido en su interior, cuando las autoridades le pidieron denunciar a sus colegas comunistas, en su nido, el cine y el teatro. Por otro, el cuadro casi costumbrista de lo que sucedía en EE. UU. ese momento.
Así la paloma milenaria vuela del Congreso de la paz al duro Nueva York macartista con el
mismo cebo: la honradez ante todo, la otra mejilla digna por delante. Y así llegó casi intacto ala moraleja fílmica Gavilán o paloma (1985), película-escarnio que el director Alfredo Gurrola hace de/con José José, donde todo está dicho (“pobre tonto, ingenuo charlatán”) sin olvidar dos tiernos aterrizajes obligatorios:
1. En Viridiana (1961), Luis Buñuel despluma sádicamente, en manos de un pordiosero leproso, a la misma Paloma de la paz que Pablo Picasso inmortalizó y que se ha travestido en el más pútrido franquismo español (“Paloma que vienes del sur/ paloma, palomita…”). La despluma (osados como pocos Alatriste: el productor Alatriste y el realizador) en su propio nido, pues
esta película es la única que Buñuel rueda en la campiña española bajo el ma
ndo de Francisco
Franco.

2. Un equipo multidisciplinario cambió la historia vi
sual de los Juegos Olímpicos, haciendo del cadáver exquisito de la paloma que dejó Buñuel en
el mundo, un nuevo cebo picasseano. Lance Wyman, un influyente diseñador gráfico estadounidense; Peter Murdoch, un diseñador británico de imagen industrial; y los arquitectos mexicanos Pedro Ramírez Vázquez y Eduardo Terrazas construyeron exitosamente la imagen de la Olimpiada de la paz, México ’68. Esta vez la paloma llegaba, ahora trastocada con una estética pophuichola, al escaparate deportivo más importante en el mundo. Los comunistas ya no fueron sus promotores, pero la paloma de la paz volvió a reproducirse cientos de miles de veces en carteles, camisetas, lapiceros, libros, programas de mano, etcétera, como en 1949, pero ahora con el objetivo de masificar comercialmente una idea.
Finalmente la paloma fue derribada en pleno vuelo. Y el tiro de gracia se lo tuvo que dar otro pintor ¡y jalisciense!: Juan Soriano, un minucioso detractor de Picasso, que en 1990 imagina, esculpe y escandaliza al público con su pieza La paloma, un bronce negro de 4 toneladas y 6 metros de alto, dispuesto a la entrada del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO –después codiciada y varias veces reproducida sin -valga la expresión- tapujo alguno.
La paloma de la inocencia venusina, la divina antediluviana, la que consagraron con maestría
los pintores italianos, la ideografía simbolista de la noche de principios del siglo XX, la del despertar social, el comercio de las almas deportivas, la del revés macartista y la muerte asquerosa buñueleana; la paloma de la paz utópica y manipuladora ahora está condensada en una mueca sexual titánica, humorística y sensible, menuda y grotesca a la vez.
La paloma de Soriano es incómoda porque no vuela ni trae la paz, pero no lo necesita, sus eternas cualidades (la inocencia, la paz) son vistas desde otro punto de vista, uno más honesto, más mundano, procaz. A Juan Soriano le encantaba llamar a su escultura “La faloma” mientras se reía, el sinvergüenza, de su magna obra.