miércoles, 31 de agosto de 2011

Barba de tonton. El tiempo pasa

En este juego de espejos que es la web 2.0 -ocurrencia abstracta que le debo por completo a mi primo Roberto-, uno comienza a recrearse en otros, como de plano sucede en la realidad, creo, y revisando los blogspots que sigo me encuentro gustoso con una entrada del pasado antiguo, que proviene de una era previa al improvisado crematorio regio, conocido con el cinematográfico nombre de Casino Royale, en Monterrey; o a la de los balazos afuera del estadio mal bautizado como "Territorio Santos Modelo"; es decir antes del renacimiento westerniano en nuestro país.

En esa entrada del 2 de abril de este año, la cual presento aquí abajo, me enfrento casi al natural al juicio experimental de don Julián, un niño que a través de su amá construye discursos sobre su entorno, como una suerte de memorias emocionales que están aguardando su escarnio futuro, sin duda, pero que por el momento permanecen en este espacio, flotando en lugar del entrañable album de nuestras infancias, un tributo de nuestros padres a nuestro pasado inconciente ¿no? Unos tuvimos la Polaroid o la 35mm de nuestros ancestros, don Julián tiene su blogspot multimedia.

Téngase, pues, esta entrada como una instantánea prehistórica ya, en donde, por un momento al menos, no había guerra en la mente de sus protagonistas, tan sólo el descubrimiento de una mirada, que se dio a cambio de una experiencia táctil que aún desconozco yo mismo, como portador de barbas cavernicoloides (cfr. Caveman, Gottlieb, 1981):

La barbe de mon tonton Praxedis
Dimanche passé nous sommes allés déjeuner chez mon tonton Praxedis et ma tante Alejandra, c'était chouette car nous sommes allés faire un tour à Villa Coapa et ma maman a montré qu'elle connaissait vachement bien le quartier! Puis lorsque nous étions prêts à nous installer dans la voiture je me suis rendu compte que mon tonton Praxedis, eh bien il a une super longue barbe, un peu comme un homme des cavernes, rien à voir avec la barbe bien coupée de mon Bon Papa ou celle un peu plus longue de mon Papypicote, et mon papa, n'en parlons pas car, comme Atito, son papa, il n'a pas de barbe du tout. Enfin, j'étais fasciné par sa barbe et il m'a laissé la caresser. C'était chouette!

El domingo pasado fuimos a desayunar en casa de mi tío Praxedis y mi tía Ale, estuvo súper porque además después fuimos a dar una vuelta a Villa Coapa y mi mamá mostró que conocía bastante bien el barrio (vivió allí 10 años!) Y cuando estábamos listos para subirnos al coche me di cuenta de que mi tío Praxedis tiene una barba muuuy larga, un poco como un hombre de las cavernas, nada que ver con la barba siempre bien cortada de mi Bon Papa o la un poco más larga de mi Papypicote, y la de mi papá ni hablar porque como Atito, su papá, no tiene pelos en la barbilla... En fin, estaba fascinado por su barba y hasta me dejó acariciarla. ¡Qué padre!

viernes, 8 de julio de 2011

Los milagros de mi pie izquierdo

va para Lola y Laura

Hace algunos meses unas amigas golondrinas viajeras me regalaron varios milagros condensados en un listón naranja de 47 centímetros, que decidí amarrar a mi tobillo izquierdo. Desde entonces vivo fijándome por dónde voy, creo que me cuido más que antes en los caminos, pero no más por el gesto del regalo que más me valdría sólo por eso, ni por su carga religiosa de la que huyo despavorido, sino por la historia con la que esas golondrinas acompañaron al fetiche, a la que considero el regalo.

Nosso senhor do bonfim es una milagrosa imagen que está en una iglesia construida en una colina de Salvador de Bahía (en la costa noreste de Brasil) a la que se le pueden pedir milagros, siempre y cuando adquieras en las calles aledañas un listoncito que tendrás que amarrar, a sugerencia claro está– de los "beatos repartidores", en las ramas de los árboles que circundan al templo: tres nuditos, tres milagros, deseos ególatras de solución fácil a problemas complejos, el tan siempre venerado deux ex machina católico.

Hasta aquí, todo indica un cuento folclórico de superstición religiosa: eso es. Después viene lo bueno. Arriba, en el párrafo anterior, entrecomillé la expresión "beatos repartidores", porque esos tales son niños, formados como atosigadores profesionales, que van por la vida ganándose unos reales al día ofreciendo las también llamadas pulseras de los deseos del senhor do bonfim.

La verdadera historia de los deseos comienza cuando uno de esos infantes do bonfim consigue endilgarte un listón a cambio de algunas monedas ¡o billetes! en nombre de tus males que podrán ser curados –o tus bienes potenciados– si amarras bien el pedacito de tela al árbol de tu preferencia, siempre y cuando, te advierten los pillos, sea un tronco vecino a la iglesia de nosso senhor. Esa es la clave para comenzara entender el fraude de los milagros.

Quizá debí comenzar escribiendo que mis amigas golondrinas no turistearon en aquella ciudad. La suya, más que una visita de postales, fue una aventura laboral que tiene que ver con lo mejor que puede dar el hombre hoy en día (y me arriesgo con la siguiente expresión tan endeble, tan discutible, espero): un trabajo voluntario con los olvidados de los gobiernos en latinoamérica. Esta cualidad le da a su viaje un espíritu absolutamente incomparable, no más por cuestiones humanitarias que por profundas y valiosas anécdotas que legan a la eternidad y le van dando forma a su vida y a la de quienes las rodean.

Este es el prólogo de la siguiente sorpresa, porque pudiera ser que cayeran en la trampa de los niños, pobres, pobres niños, que te apresuran a adquirir la posibilidad de Aladino, sin lámpara que frotar. Puede ser que el primer día cayeran en la trampa, pero muy pronto, dada su cercanía con los miserables de Bahía, se enteraron de las reglas de ese juego espiritista: esos mismos pobres, pobres niños, convertidos después del atardecer en salvajes citadinos, regresan en medio del silencio de la noche reptando por las calles de la colina y, mientras se arrullan los milagros meciéndose en las enramadas cercanas a la iglesia, van desamarrando con sus finas manecitas, uno a uno, todos los listones que, ahora lo saben ustedes, lectores sacros, vendieron a lo largo de su jornada desenfrenada de deseos. Cargan con los listones a sus casas, donde los remojan y planchan, en algunos casos hasta retocan la leyendita "SENHOR DO BONFIM", hecha con un poco de tinta y barniz, que "blinda" las posibilidades de los deseos del incauto comprador que, además, al entusiasmarse con sus nudos en las ramas, se queda pensando que hizo un bien muy cristiano a la infancia de Brasil.

Al amanecer los tendederos populares lucen como los árboles de la iglesia el día anterior: todos revestidos de telas de colores, saturadísimas, diría yo, de milagros que el citado senhor milagroso do bonfim ignora del todo. Algunos de esos listones irán a la escuela con los niños que se apresurarán a la salida de clases para una nueva vendimia. Otros listones ya estarán en las calles desde bien temprano para llevar el desayuno a las casas donde los atesoran en serio.

Mis golondrinas calcularon que esos listones, acompañados de la historia de su vida como objetos de este mundo, sería un buen recuerdo de su paso por Brasil, y me trajeron uno, sobre el que me sugirieron volver a pedir un milagro, un deseo personal, un recordatorio vital más en mi vida y en la del listón. Consideré en el momento en que me lo dieron – y por supuesto lo sigo considerando todos los días que era un regalo inigualable, un grabancito de a libra, pero ya no quise cargarlo de otro deseo más, otra fantasía incumplida por un santo inútil en la iglesia, pero con un sentido, sinsentido quizás, social encomiable. Ese senhor da vida mercantil a un barrio, probablemente a gran parte de Bahía, con tan sólo estarse mostrando. Esa vida comercia con los espíritus de ¿alguien podría decir cuántas? personas que creen ver cumplido su milagro amarrado a un árbol y no saben ¿alguien podría decirme cuántos milagros? que aguardan todos juntos, planchados y lavados, lavados y vueltos a lavar (en mis esporádicos pero detallados baños), en mi pie izquierdo.

A veces sueño, no sin alguna carga de cursilería compasiva, con que yo pudiera cumplir tan sólo uno de aquellos cientos de milagros con los que camino hacia, espero yo, mi bonfim. No sé. Quizá de pasadita y sin querer cumpla con ese deber que también era parte del regalito.

(Debo foto del listón en mi pie, pues por el momento mi cámara está desentendida de mí.)

lunes, 16 de mayo de 2011

La ciudad subvertida I. Uno nunca sabe todo lo que siempre ha dicho saber del sexo




Esta nueva sección de La trampa de Medusa es un juego de espejos entre la reconocida Carrie Bradshaw, columnista del también reconocido diario neoyorquino The New York Star y este humilde autor. Así, lo que aquí se escriba bajo el signo "La ciudad subvertida" (una frase trucada de López Velarde) se debe entender como lo que la Bradshaw enmarcó en su columna semanal "Sex and the city", que escribía hasta hace poco desde su brownstone (un multifamiliar) de la East 73rd street del Upper East Side en Manhattan.


En mis semestres universitarios, alguna vez, afortunado yo, el poeta Jaime Labastida me dijo lo que, en una entrevista, Albert Einstein le dijo a una reportera sobre "saber algo":
"-Si usted puede hacer que su abuela comprenda cabalmente un tema nuevo para ella-", dijo el científico, "-como la teoría de la relatividad, por ejemplo, o una receta de un pastel que nunca ha preparado, se podrá decir que usted sabe dicho tema, que lo domina y por eso lo sabe explicar."

Algo así me dijo Labastida cuando, balbuceando, le traté de explicar lo que había entendido de su poema Elogios de la luz y de la sombra (Aldus, 1999), que a grandes rasgos era nada. Pero en vez de decirme "No has entendido nada de nada", o sencillamente callarme y echarme de su amplia oficina de la editorial Siglo XXI, que por cierto tenía un olor a talabartería, me dio un útil consejo, que ya antes había sido un útil consejo para alguien más, espero.

Sin embargo, ese consejo de poeta tiene jiribilla, porque no presenta ningún problema frente a la teoría de la relatividad o a una receta de cocina, pero qué tal sobre el sexo. Uno nunca habla con sus abuelitos de cómo hacer una felación, o sobre la mejor elección en lo que a lubricantes anales se refiere. ¿Por qué es así? ¿Por qué nunca podré explicar los beneficios de la posición "de heladito" a mi abuelita? ¿Por qué no podré intercambiar puntos de vista entre el sexo duro y el sexo suave?

Aventuro una respuesta: creo que es porque nunca sabremos cómo acariciaban nuestras abuelas a nuestros abuelos, cómo se excitaban, cómo gritaban de placer cuando una noche de farra volvían a su casa y se iban desnudando a lo largo de toda la casa, diciéndose cosas que los seducían, que los ponían a punto, cómo se acomodaban mejor para explotar de placer. En fin, nunca sabremos cómo hacían el amor.

Por eso y siguiendo la regla que me ofreció Labastida, que a su vez leyó que Einstein ofreció a una reportera que le preguntó "¿Cómo sabemos que sabemos una cosa?", puedo concluir que nunca sabremos todo lo que decimos saber sobre el sexo, queridos lectores. Y aunque creo que habrá algunas excepciones, es mucho mi pudor y acepto que será mejor no saberlas. Ni modo.

Desde el duplex del Andador 59 de Riego, en Villa Coapa, Tlalpan.


Nota: la fotografía es una imagen de la habitación de Ramón López Velarde en Jerez.


jueves, 5 de mayo de 2011

Juan Rulfo, derecho de exclusividad


[Cuando me enteré, en un orfanatorio de la ciudad de Guadalajara, que mi madre había muerto] me volví huraño y aún lo sigo siendo. Aprendí a comer poco o a casi no comer. Aprendí también que lo que no se conoce no se ambiciona y que, al final de cuentas, la única y más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad.

“Ret. Y Aut.”

Juan Rulfo

El 30 de marzo pasado el Tribunal Federal de Justicia Administrativa favoreció al señor Juan Francisco Rulfo Aparicio con la “posesión absoluta, y exclusiva”, de los derechos “del registro de marca del seudónimo ‘Juan Rulfo’” del que a partir de entonces es dueña la familia del escritor y fotógrafo mexicano. Con esto los Rulfo Aparicio (Clara, Claudia Berenice, Juan Francisco, Juan Pablo y Juan Carlos) no sólo consiguen retirar legalmente el nombre de su padre del premio que solía entregar la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, sino que “se considera la posibilidad de proceder de manera similar en otros casos en que se ha identificado una utilización indebida del nombre del autor jalisciense.” (“Comunicado de la familia de Juan Rulfo a la opinion pública”, Víctor Jiménez responsable).

Esta noticia aparentemente inocua nos da una lección sin precedentes en la historia editorial de nuestro país, acostumbradote a que los escritores dejen su nombre en libertad, para que pueda ser utilizado bajo mínimo pretexto en cualquier Escuela Primaria ínfima, biblioteca pública arruinada, librería esplendorosa, calle abandonada, algún premio o algún cineclub de poca monta.

La familia Rulfo Aparicio peleó públicamente uno de los nombres literarios más pronunciados en la cotidianidad literaria desde hace unos buenos cuarenta años y lo ganaron perfectamente. Los Rulfo Aparicio decidirán a qué sí darle lo Rulfo oficialmente y a qué no. Se convierten así en el tribunal de lo rulfiano que controlará la exclusividad de lo que lleve el rotulo “Juan Rulfo”, aunque no les pertenezca del todo.

El autor de Pedro Páramo fue seminarista cuatro años con su nombre completo, Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno. Su tío, el coronel anticristero David Pérez Rulfo, le hizo ver que su pasado católico debía desvanecerse en la Ciudad de México, donde viviría definitivamente Juan, no debido a más nada que a los resquemores de la guerra cristera. Juan no lo pensó demasiado y ya al entrar a trabajar a la Seretaría de Gobernación portaba su nombre corto e indudablemente laico.

Cuando fecha en 1940 su primer escrito público, ya llevaba por lo menos tres años llamándose, afirmándose, "Juan Rulfo". Por eso creo que los laberintos de esta nueva exclusividad debieran principiar y desembocar en el tío David, al servicio del Estado Mayor del general Ávila Camacho por aquellos años. Él fue quien aconsejó al escritor cambiar sus dos intrincados y comprometidos apellidos, Pérez Vizcaíno, por el sencillo, redondo y fuera de sospecha clerical “Rulfo”.

Y para entender el desarrollo de este nombre literario genial se debe pasar después por Efrén Hernández y Juan José Arreola, que instaron a Juan para seguir escribiendo las historias deliberadamente inconclusas que una serie casi infinita de hombres le han dado forma en base a la crítica y la investigación. Los nombres que han moldeado al nombre hoy exclusivo van desde Alfonso Reyes, Alí Chumacero, Octavio Paz y Emmanuel Carballo, los primeros lectores de fondo que tuvo Rulfo; hasta Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Felipe Garrido, Fernando Benítez, Elena Poniatowska, Margo Glantz, Susan Sontag, Vicente Rojo y Neus Espresate, quienes han construido la estatura casi mítica de Juan; e incluso Yvette Jiménez de Baez y por supuesto Alberto Vital, responsables de acercar la obra rulfiana al siglo XXI desde vertientes muy diversas entre sí.

Sólo entonces diría que estoy de acuerdo con la familia en que Juan Rulfo no es de todos. Es de quien lo lee por primera vez y lo relee por última. Es de quien lo revisa y hojea, de quien lo compra, lo cambia y lo vende; de quien lo piensa y lo escribe, lo dice y lo corrige; de quien lo ve y lo contempla, de quien se enamora de él o lo odie. Juan Rulfo es de los libros, los lectores; de quien lo cobra y de quien lo paga. No de todos, realmente, no de todos, pero nunca de quien sólo lo quiera para sí.

nota: la imagen es una autobiografía de Juan Rulfo en el Nevado de Toluca, hecha en la década de los 40.

martes, 3 de mayo de 2011

La señorita Renaut calló


Solía marcar un número desde mi teléfono móvil. Venía un tiempo de silencio y comenzaba a hablarme una mujer, insoportablemente neutral, con una perorata amable pero firme: "Su llamada está siendo procesada. Por disposición oficial debes registrar tu línea. Envía un mensaje al 2877 con la palabra "Alta", un punto; tu nombre, un punto; tu apellido paterno, un punto; tu apellido materno, un punto; y tu fecha de nacimiento con el formato: dos dígitos para el día, dos dígitos para el mes y cuatro dígitos para el año".

Cuando llegaba a la última frase me daba la impresión de que la señorita Renaut estaba sonriendo, como convencida de que su extraña y cumplida simpatía al servicio de mi oído había echo efecto en mí, y que de inmediato me registraría, azuzado por la participación ciudadana activa que mi nación me proponía. Nunca hice caso y siempre advertía a quien estuviese conmigo advirtiéndome de que era hora de registrar mi número, que me gustaba escuchar la tierna y fuerte voz de aquella señorita Renaut, a la que imaginaba hermosa, muy alta, pelirroja, narigona y patona, medio bizca pero de una mirada encantadora.

Hoy la Secretaría de Gobernación anuncia oficialmente que los millones y millones y millones y millones que se gastó en desarrollar la iniciativa del Registro Nacional de Usuarios de Teléfono Móvil... que todas las energías canalizadas contra algunos usuarios renuentes y telefonías rebeldonas... que todos los anuncios en los que invirtió otros miles de miles de millones, las amenazas de suspender líneas que quedaran fuera del Registro, las prórrogas y prórrogas que dio para que todo México celular diera sus datos... en fin, que toda la maquinaria del RENAUT llega a su fin porque sí, porque aunque darán una respuesta elaborada y sosa sobre el por qué llega a su fin el RENAUT, finalmente debemos estar conscientes de que es porque sí, como sucede todo en México entre políticos coprófagos, improvisados del todo, ausentes de la realidad, ansiosos por quedarse con lo que ellos creen que es todo el poder, sin un centímetro cúbico de imaginación y, además, pésimos humoristas involuntarios.

Ya no lamento nada de lo que nos sucede muchas veces ya sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta. No hablaré aquí de batallas libradas, ganadas o perdidas para siempre en el ir y venir de todos los días entre los que dicen gobernar y este redactor. No volveré a decir que la democracia caducó hace mil años (quizá más), o que las políticas públicas no pueden ser planteadas con usura (oh, Pound elizondeano) y podredumbre mugrosa (oh, Gonzalo Rojas, recién ido).

El derrumbe del RENAUT sólo me vale porque significa el silencio definitivo de la mujerona que me comunicaba, mi operadora de fantasía, mi conexión con las voces de mi vida, mi intercesora expiativa, mi recordatorio de que algo estaba haciendo mal, mi dama de compañía celular, mi hermosa señorita Renaut.

¡Adiós, señorita!
Ojalá nos volvamos a escuchar pronto.



jueves, 24 de marzo de 2011

Toro manso/Becerro salvaje


para los otros dos maestros de la máxima casa de estudios


Realmente uno nunca sabe lo que dice hasta que se ve interpretado. Es el caso que vivimos dos amigos cinéfilos y yo en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, en su edición XXXII. Nos presentamos para hablar sobre la situación actual que vivía la que quizá sea la mejor película de Scorsese hasta ahora, para hacer una revisión, en 45 minutos nos advirtieron, de Raging bull (1980), una inocente reseña de un film que nos encanta, sin duda.

Es verdad que lo hicimos de forma un tanto desordenada y como excitados por el tema y porque era nuestra primera vez en la Feria -todavía tenemos primeras veces a nuestra edad-, y puede que hayamos exagerado y llevado a un extremo irrisorio nuestros razonamientos, pero estamos seguros que nunca dijimos las patrañas que una teenage mutant writer que firma como TOG dice que dictamos "textualmente" en un texto que vive en la red, esperando que algún interesado en el tema lo elija, entre 31 mil hermanos vínculos, y se dé cuenta que un grupo de idiotas auténticos habló de una película, un personaje, un director de cine, de los que no sabía casi nada.

Esta entrada en La trampa de Medusa debe leerse como la respuesta agresiva -uy, qué miedo- y carcajeante -ah, bueno- a ese texto de TOG; como un llamado de atención para los revisores de notas express de la FIL de Minería que parece no están haciendo su trabajo. Entendemos que TOG se vio muy presionada, que acaso era nuestro evento -titulado "Salvaje por treinta años. El Toro de Scorsese"- su tercer nota de las ocho o diez que tenía que redactar al día, que incluso no le haya fascinado del todo lo que dijimos; o lo que es más, que no haya entendido nada (muy probablemente), pero, carajo, hay combinaciones imposibles en esa nota suya que cualquiera al primer vistazo se da cuenta de que algo anda mal con la información o con los exponentes, que cualquiera de sus revisores que cobran por serlo le hubiera pedido la grabadorcita que nos puso a lado del micrófono para confirmar que fuéramos unos idiotas auténticos o unos simples efusivos de la obra scorsesiana que sí dieron datos fidedignos y claros.

En fin, quede como un testimonio de nuestro humorístico paso por este mundo, aunque con reclamo. ¡Felices 30 años, Toro salvaje!, y pobre de Sergio Valdés Villarreal si se encuentra en la calle a Jake LaMotta, que quiere ponerle en claro quién fue el mejor de los pesos medios del mundo. Gracias misteriosa TOG, futura pésima reportera, por ponernos en ridículo... y a Borges. ¡Agárrensen!

La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido

Jorge Luis Borges, escritor argentino.

Salvaje por treinta años: el Toro de Scorsese

  • Toro Salvaje fue nominada a ocho estatuillas, incluyendo a la de Mejor Director
  • No es una película de box, es más que eso, significa castigo y sacrificio
  • “Está hablando una película de recuerdos. La vida de todos es una pelea, es un ring. En cada persona hay un Jake LaMotta”: Praxedis Razo

“Sudamericano, gansteril, violento, es además íntimo. Utiliza historias ajenas para decir lo que él siente”, así señaló Sergio Valdés, profesor de la Facultad de Trabajo Social de la Máxima Casa de Estudios del país, respecto a la película ganadora de la Palma de Oro de Cannes Toro salvaje (Raging Bull) dirigida por Martin Scorsese, la cual fue motivo de debate en la XXXII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

Martín Scorsese, descendiente de sicilianos, pero nacido en New York, al dirigir Toro Salvaje dejó una huella en la historia del cine; a un grado tal que será resguardada en una cápsula para fungir como testimonio de la civilización.

Su colaboración con el actor Robert de Niro comenzó con Malas Calles (1973), quien posteriormente protagonizó Taxi driver (1976), ganadora de la Palma de Oro de Cannes, durante la dirección colaboró con el guionista Paul Schrader. A partir de esos momentos, el actor y el guionista lo acompañaron en su carrera cinematográfica.

Tras el trago casi espontáneo del triunfo logrado por Taxi driver. Scorsese se sume en una transformación de sí mismo que lo guió hacia el abismo. Las fiestas, las drogas y el alcohol llevaron al director a poner en riesgo su salud. Este antecedente definió que Toro salvaje (1980) fuera realizada como despedida, pues consideraba a la muerte acercarse. La masculinidad, el machismo, la misoginia, la autodestrucción y los celos, son elementos invariables en esta obra cinematográfica.

Esta película fue nominada a ocho estatuillas, incluyendo la de Mejor Director. Además consiguió dos premios de la Academia incluyendo el ganado por Robert De Niro al Mejor Actor.

No es una película de box, es más que eso, significa castigo y sacrificio. Jake LaMotta, el boxeador, no sabía pelear. Por ello tuvo que recurrir a la mafia para triunfar. “Hasta que no se vende no logra el título. A la vez que pierde su carrera como boxeador, pierde a su familia, el título…todo”, expuso el profesor de la UNAM, Sergio Valdés.

Scorsese se formó en una escuela de cine. Antes de la generación a la que perteneció, los cineastas se formaban en un estudio de cine, se acercaban a algún reconocido director y le ayudaban en cualquier cosa, además no eran cultos. “Esta generación comienza a hacer historia del cine a través del cine”, explicó Julio Durán de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la UNAM.

“El cineasta comienza a vivir el drama de Raging Bull, pues llega al hospital con un coma asmático. Llegan con la biografía de Jake LaMotta y ve en él un símil con lo que estaba pasando en ese momento en su vida. La vida del personaje y de Scorsese tienen una relación metafísica”, intervino Praxedis Razo, maestro y también orquestador de un cine club en la Facultad de Filosofía y Letras de la Máxima Casa de Estudios.

Al tiempo, injirió Sergio Valdés que “los recuerdos encarnados en el ring son nebulosos, por ello son en blanco y negro”. Hay un fragmento a color, estilo Los años maravillosos, cuyo objetivo radica en recordar una vida feliz, plena y distinta a los matices monocromo de casi todo el relato.

“Está hablando una película de recuerdos. La vida de todos es una pelea, es un ring. En cada persona hay un Jake LaMotta”. Toro Salvaje muestra la historia de la civilización, la pelea que sobre la escena de la vida se debe consumar, concluyó Praxedis.

TOG

martes, 22 de marzo de 2011

Aquella tarde/ La sorpresa

Este es el desenlace de un concurso de coautoría entre el escribidor de este blog y Luis Enrique Reyes alias "la hiena", el proponedor de este ejercicio. También es una intolerable y tramposa perversión encubierta en una minificción. Y sin duda es una batalla ganada contra la discreción literaria de nuestra generación. Este pequeño cuentito se declara deudor tanto del olvidado Edmundo Valadés -y lo que eso conlleva-, cuanto del ciudadano más influyente de ficticia.com (Marcial Fernández), ambos extraordinarios sobrevivientes de la vidita editorial en nuestro país, de la que han sido víctimas colaterales este par de minificcionadores. El textículo mencionado dice así y a ver qué opina el respetable:

Aquella tarde las fuertes manos del hombre triste tenían otro color. No había matado a nadie y sin embargo la sangre en sus dedos parecía indicar todo lo contrario. Miró por la ventana y a la distancia observó la silueta de una mujer que se alejaba a pasos acelerados. Entonces supo que, sin lugar a dudas, los cuentos que le habían contado eran mentira -toda la culpa de la cultura estaba expresada en su mueca de entre estupor y ataque cardíaco-. No podía creer que su amada hija, después de todo, fuera virgen. (Extraordinariamente se sentía más tranquilo por un lado...)



martes, 15 de marzo de 2011

Primer manojo de gatos

Los gatos se pasean por los libros con autoridad flagrante sin tener un récord de lectura mayor al de ningún mexicano o hallar sus apellidos importantes en bibliografías mínimas, ni mucho menos. A los gatos, de pronto, se les escucha maullar en el Metropolitan Opera de Nueva York y no se sabe de ninguno que lea, escriba, o siquiera entienda cabalmente música. Se les ha visto en varios cientos de buenas fotografías y se acicalan eternamente los colores en salas de museos muy visitados sin que nadie les moleste.

En fin, los gatos siempre han sido un buen modelo para las artes.


Tres pinturas

La exactitud espontánea, la gracia cándida y la pulcra y sutil promiscuidad de los felinos domésticos sirvieron al pintor Franz Marc en 1912 para examinar el estado de ánimo de los colores en Dos gatos, azul y amarillo. Sin duda este es uno de los óleos más bellos dedicados a estos animales que, sin posar alguna pretensión (todo lo contrario), fueron llamados a las filas de “El Jinete Azul” en busca de una nueva cara para esos dos tonos aburridos ya de tanta distancia en la paleta cromátia, en el intento de dar una más rica perspectiva de nuestra alma a través del espíritu animal que, pensaba Marc, no percibe las cosas desde nuestro limitado e inútil horizonte. Para este pintor de Münich los gatos fueron un instrumento para cuestionar el interior del hombre de principios del siglo XX, que pensó que ver era un acto pasivo cuando tenía el polvorín de la Gran guerra frente a sus ojos.

Por esos mismos años otro gato estaba contemplando en pintura aquello que representó un final de este mundo, la Primera Guerra Mundial. Desde París a través de la ventana Marc Chagall abre la boca de un gato con cara de hombre desconcertado, que es el síntoma interrogante frente a lo que se allegaba. El gato, parece decir el pintor en esa escena deslavada de 1913, puede comprender todo lo que ve (la ansiedad de la Ciudad Luz, los amores escalofriantes y descerebrados, el tren subterráneo y la caída libre de la humanidad) porque no puede hacer nada desde su inequívoca belleza; en cambio el rostro pálido del hombre que se encuentra extasiado pero dudoso de su misma condición felina nos devela esa incapacidad que combatía Franz Marc: la visión apretada e insulsa del destino humano, pleno de sorpresas hipócritas que en realidad aguardan respuestas vívidas y bien catalogadas frente a la sabia indiferencia coloreada del dormir a pata suelta de las bestias.

El gato humano de Chagall ve adivinanzas donde no hay nada que comprender. En cambio, el gato negro que sirvió para pagar la absenta que Théophile Alexandre Steinlen se había tomado durante una larga temporada en el conocido cabaret de fin du siècle, Le Chat Noir, propiedad de Rodolphe Salis (de 1881 a 1897), nos ve sin dudar nada, nos intimida desde su dado cargado de mala suerte y nos desnuda desde su gesto imperial que logró emborrachar hasta el esplendor a los mejores artistas del XIX. El gato negro de Steinlen es el abismo inconsciente que nos reclama. El rostro humanoide de Chagall es el miedo de la consciencia a ese abismo.


Dos ejemplares musicales

La palabra “miau” es una onomatopeya muy común en varios idiomas (quizás en todos los conocidos y desaparecidos) que trae consigo notas musicales llenas de matices misteriosos. Deriva en la lengua humana en un verbo perfectamente conjugable. A nadie debe sorprender que la frase “si hubiéreis maullado un poco más claro nos habrían comprendido a cabalidad” aparezca en una conversación de manera pertinente, llegado el caso, claro.

Freddie Mercury, cantante de Queen, era un amante confeso de los gatos y en su casa, conocida como Garden Lodge, en Kensington, tenía una colonia entera de felinos que a su muerte fue objeto de una fuerte disputa legal entre sus herederos, unos por quererlos otros porque no, en fin. En el último disco del grupo en el que Mercury participó, Innuendo (1991), se escuchan unos maullidos amoroso que el cantante tanzanés dedica a su gatita predilecta: “Delilah” que también da nombre a la canción que no es ninguna joya de la corona de la reina, pero tiene un doble mérito: inmortalizar a una hembra de gato y ser una canción construida a base de onomatopeyas gatunas en las vocales y en el solo de guitarra de Brian May. Al final de su vida, Freddie Mercury fue un milagroso gato juguetón y lacrimoso que dejó un testimonio invaluable de la existencia de un animal que fue, según sus propias palabras, la manzana de sus ojos que siempre lo hizo feliz.

Ciento sesenta años antes de “Delilah” y del virtuosismo vocal de Mercury, Gioachino Rossini, en la cúspide de una carrera musical deslumbrante, se burlaba de ese virtuosísimo cacareo que ostentaban las sopranos de su tiempo, a las que les compuso un dúo bufo inspirado en un par de gatos –de los que lamentablemente se desconoce el nombre- que desayunaban con él en una de sus estancias en Padova. El piano desliza un lento acompañamiento a las subidas y bajadas de la única palabra usada en esa obra para dos cantantes: “Miau”. Rossini calculaba que si las cantantes querían lucir los múltiples tonos que sus poderosas y cursis gargantas alcanzaban a formar, no había mejor ejercicio que el maúllo del celo bien temperado. Así, con “El dúo para gatos” que hoy en día sigue apareciendo como encore de las solistas, el también autor de Guillermo Tell otorga una estatura romántica y sagrada a la voz del gato.


Y los gatógrafos

Meses antes de la caída de Danzig que dio pie a otro fin del mundo sucedido en el siglo XX, mejor estudiado como la Segunda Guerra Mundial, T. S. Eliot publicó en la editora de cabecera de la literatura inglesa (Faber and Faber)–de la cual él mismo fue formador– un libro para niños con dibujos de su propia autoría dedicado a los gatos: Old Possum’s book of practical cats (traducido en México en 1990 para la UAM por José Luis Rivas como El libro de los gatos versátiles del Viejo Tlacuache, del que tomo todas las citas), reconocido entre gatófilos gatómanos de todo el mundo como la piedra de toque de sus obsesiones bestiales por dos razones: ser una obra completamente dedicada a los gatos –su referente más cercano es La Gatomaquia de Lope de Vega de 1634- y por el descubrimiento juguetón y no del poema que abre el libro: “Poner el nombre al gato”.

En este poema Eliot explica que los gatos casan con tres nombres: “Que el primero lo aporte el santoral de la familia” y suelta ejemplos “rebuscados, torcidos, domingueros/ (Lo mismo para damas que para caballeros):/ Platón, Electra, Admeteo, Dunia o Tulio:/ todos gastados nombres del mundanal peculio.” Luego dice que debe estar el nombre que sólo al gato mismo cuadre, “un nombre propio y más que decoroso;/ si no, ¿cómo podría su cola erguir garboso/ o atusar su mostacho o dar alas a su orgullo?” y nos comparte algunos apelativos gatunos: Munkustrap, Quaxo o Carlontanicho. “Pero aparte de tales nombres hay uno privado;/ el nombre que jamás vamos a adivinar,/ un nombre que resiste al inquisidor porfiado;/ solo el gato lo sabe y no lo va a revelar.”

El libro es una suerte de divertimento que tenía Eliot con sus nietos, a quienes escribió por carta cada uno de estos poemas durante toda la década de los 30, bajo el pseudonimo de Old Possum. Además tiene las virtudes de las fábulas que encuentran características humanas entre los animales para sortear la moralidad, decadente siempre, pero sin dejar de observar la “sociología” de los gatos. Esta serie de poemas dio pie al musical Cats que Andrew Lloyd Webber estreno en 1981, donde se rescata el espíritu de la obra literaria: abordar la vida de los gatos como si fuera la vida de los hombres si fueran gatos, una ecuación arriesgada pero con aciertos poco valorados.

Víctima salerosa de la gatificación humana es el escritor mexicano Gerardo Deniz, que dedica parte de su tiempo a la contemplación fisiológica de estos animales, de la que se derivan sendos versos apasionados, que son coronados por una joyita titulada “Miau” que abrevia la materia de su obsesión cariñosa en veinte sílabas que ronrronean en la boca de quien las pronuncia: “Poco hay tan esplendoroso/ como besar al gato entre los ojos” (Semifusas, 2004).

Este gatista ilustrado, entre su vasta obra, tiene una pieza que escribió para hacer de chambelana de un libro con dibujos inéditos de Juan Soriano (Juan Soriano 80. Taller D, Museo Amparo, Fundación Amparo, 2000) y que sencillamente tituló , como para dar lugar al silencio críptico que anuncia las primeras líneas del texto: “Y llegaron/ LOS GATOS de orejas cónicas,/ cucuruchescas, para escuchar sonidos agudísimos.” Líneas que despliegan una fantasía gatuna que nada tiene que ver con lo moralino de las fábulas o con las correspondencias inglesas que Eliot propuso antes de Hiroshima, sino van en busca de lo que Charles Baudelaire perdió en el fondo de su ajenjo (“Peut-être est-il fée, est-il dieu?”), y a lo que yo mismo aspiro a través del cultivo del gatismo: la sensación de dar al gato el amoroso e intenso homenaje que nos merece.

“La cara del gato es una de las dos cosas más perfectas. Las quisiera labradas en mi tumba, como Arquímedes quiso esfera y cilindro: algo había descubierto, y yo también”, escribe Deniz en , proyectándose polvo ciegamente enamorado, de su epitafio y finaliza su obra poética reunida (Erdera, 2005) con uno de los más bellos poemas de amor de la literatura occidental, como desea la academia, “Congeneres”, dedicado, sospecho, a una dama ataviada, cual delicado refunfuño, con el nombre de Krushka:


Anhelaba salir, sin decírmelo. Tanto,/ que la alcé en vilo/ y desde el balcón tras la cocina/ nos asomamos a la medianoche/ entre escobas, dos lazos de tender/ y un quemador de gas./ Abrazada a mi cuello, erguía la cabeza/ para otear lo oscuro, respirar el frescor/ oloroso a fantasmas recién planchados./ Abría grandes ojos pulidos en berilo/ con pasmo cómplice. Yo sólo le besaba la frente./ Me rozaba con orejas cónicas y yertas,/ pero nada decíamos –hasta que no resistí/ sin susurrar sus dos sílabas, tres,/ y al acariciarle la garganta con los dedos/ sentí vibrar el torno de su dicha. Media hora./ Retorné adentro con ella, cerré el balcón sin ruido./ Se posó dulcemente, restregó mis tobillos, cola enhiesta,/ antes de marchar majestuosa hacia nuestra alcoba./ No es común tal riqueza, opulencia sedosa,/ después de catorce años amándonos,/ gata mía.

Nota: las pinturas de arriba, así como las canciones, no son gatos difíciles de hallar; el dibujo inicial es un autorretrato de Juan Soriano triste por ver a uno de sus peores gatos a lápiz -que no viene mucho a cuento, pero me gusta-, sin duda... Pobre Juan, ¡tan buen gatero e hizo este que le salió tan mal!

viernes, 4 de febrero de 2011

Oda a La prensa o presunto animal asesino (y creo que joroba IV)



Hoy, en medio del valiente hartazgo árabe en Egipto, del ¿grave alcoholismo? de Felipe Calderón que ofende mucho a los petistas (por lo cual intuyo que también tienen graves problemas de alcoholismo), de la situación racistoide de la BBC y los mexicanos estereotipo llorones que creen que la política exterior es reclamar ofensas, de la campaña partidista de bajo perfil que lleva a cabo Fernández de Cevallos -hoy corista de ZZ Top-, de la tormenta Monstruo en Chicago que hoy tiene cautivas a dos buenas amigas, de Chihuahua congelado y del increíble viaje gonzo de Miedo y asco en Las Vegas; es decir, en medio de un auténtico fin del mundo según los periodistas, me topo con una extraordinaria portada de un extraordinario periódico de mi Ciudad, La prensa.
En un primer vistazo parece que la imagen predominante, el gran camello, ilustra la rebelión egipcia o, incluso, los granadazos de inconformidad de los beduinos contra el cuartel de seguridad de Sinaí, pero no. Una gran sorpresa lamentable: la sospecha de que uno de los dignos rumiantes del Circo Hermanos Vázquez mató de una patada a la supuesta hermana Vázquez de 65 años de edad. Siguen las investigaciones forenses porque también se habla de un cuadro de fallas respiratorias que presentaba la señora; el camello, toda serenidad arabesca, espera su sentencia o la disculpa pública, no importa. Lo que me tiene conmovido, le recuerdo al amable lector, es simplemente la portada y, particularmente, la síntesis del encabezado:

"Por susto o golpe, camello provocó deceso de la hermana de los dueños de circo; hay consternación de acróbatas y payasitos"

¡Viva México ad nauseam!


martes, 2 de noviembre de 2010

El largo vuelo palomar

En el número doce de la revista Animalia magazine se ha publicado este deambular bestial, que inaugura una pretensión largamente planeada: crear un

bestiario personal. Aquí presento este vuelo que comienza en la Segunda Guerra

y termina en el desfiguro del gallito inglés en paloma


¿Habrá un animal más significativamente limitado en la cultura occidental que la paloma?

Pronunciamos la palabra y casi se nos aparece “la paz”. De eso es culpable Pablo Picasso, el celebérrimo malagueño que, en 1949, pinta a petición de su amigo

, el poeta Louis Aragon, una litografía definitiva para la historia cultural de esta ave: un perfil (podría decirse, en cinco trazos de tinta china) de una tortolita blanca levantando el vuelo con una pequeña rama de

olivo en su pico (La paloma de la paz).

Luego llegaron los comunistas,

promotores de la imagen colocada en cientos de miles de carteles por toda Europa, queanunciaron de febrero a abril el establecimiento del Congreso de la Paz, organizado por elPartido Comunista Francés, del que eran miembros ambos, Picasso y Aragon. A partir de entonces, esos trazos casi maternales cambiarían la ruta de vuelo de nuestro imaginario de las palomas.

Los antecedentes, siempre en Picasso, serán vastos pero de tal modo moldeados que se nos escapan en un primer vistazo. Quizá la fuente más antigua sea la del Génesis, dondedespués de casi 380 días de diluvio universal, el asombroso ingeniero naval llamado Noé –descendiente de la casta divina, por supuesto-, tiene a bien mandar una paloma que vuelve con una rama de olivo en su piquito a la inconmesurable arca, después del chasco de haber elegido a un condenado cuervo, que volvió enfiestado días después del desembarque.

Ya aquella paloma, pasajera del arca de Noé, había sobrevolado la mitología greco-etrusco-latina. Un pichoncito que revoloteaba o padecía donde se apareciera Venus, representaba el

lado cándido del amor, medio

transfigurado lu

ego en Cupido, el dios del amor inocente y primer vástago venusino. A reservade que Picasso hubiera sido un humanista o un lector de la Biblia, sí devoró con insaciable devoción a los renacentistas italianos, quienes incluyeron en alguna de sus varias

versiones de Venus alguna paloma para resaltar la virtud de la inocencia.

¿Qué mejor símbolo de la paz que la inocencia recuperada? El

tiempo perdido de la generación entre guerras llegaba volando, trayendo en el pico un pedazo de olivo, anunciando la tierra

firme después de la gran inundación bélica que anegó a toda Europa. Llegaba, incluso, rediviva, pues el poeta Guillaume Apollinaire, en sus Caligramas escritos poco antes de morir, en 1918, había publicado uno delos ideogramas literarios más citados, “La paloma apuñalada y el surtidor”, que termina “cae la noche OH mar sangriento / Jardines donde sangra abundantemente la adelfa, flor guerrera” y que sin duda leyó con mucha atención Pablo Picasso antes de mojar el pincel en 1949.

El significado pacifista que Picasso le confeccionó a la paloma fue demoledor y traspasó generaciones. Elia Kazan, director de teatro y cine, le da ese mismo sentido a la paloma en su exitosa película (y declaración ética) de 1954, Nido de ratas (On the waterfront). Marlon Brando vive a Terry Malloy, un boxeador malhadado en el ring de su propia vida, colombófilo aficionado, al que su candidez, desdoblada en un niño que aprende todo lo que sabe el púgil de

las palo

mas, le hace ver más allá de su presunta inocencia en la vida "sindical" de los lúgubres muelles neoyorquinos. La escena: la contemplación mansa y dolorosa de todo su palomar muerto, antes cuidadosamente criado y entrenado para dar servicio postal a la barriada, asesinado por crueles roedores que acorralaron a las aves en su propio nido. Todo era una alegoría doble. Por un lado de lo que a Kazan le había sucedido en su interior, cuando las autoridades le pidieron denunciar a sus colegas comunistas, en su nido, el cine y el teatro. Por otro, el cuadro casi costumbrista de lo que sucedía en EE. UU. ese momento.

Así la paloma milenaria vuela del Congreso de la paz al duro Nueva York macartista con el

mismo cebo: la honradez ante todo, la otra mejilla digna por delante. Y así llegó casi intacto ala moraleja fílmica Gavilán o paloma (1985), película-escarnio que el director Alfredo Gurrola hace de/con José José, donde todo está dicho (“pobre tonto, ingenuo charlatán”) sin olvidar dos tiernos aterrizajes obligatorios:


1. En Viridiana (1961), Luis Buñuel despluma sádicamente, en manos de un pordiosero leproso, a la misma Paloma de la paz que Pablo Picasso inmortalizó y que se ha travestido en el más pútrido franquismo español (“Paloma que vienes del sur/ paloma, palomita…”). La despluma (osados como pocos Alatriste: el productor Alatriste y el realizador) en su propio nido, pues

esta película es la única que Buñuel rueda en la campiña española bajo el ma

ndo de Francisco

Franco.

2. Un equipo multidisciplinario cambió la historia vi

sual de los Juegos Olímpicos, haciendo del cadáver exquisito de la paloma que dejó Buñuel en

el mundo, un nuevo cebo picasseano. Lance Wyman, un influyente diseñador gráfico estadounidense; Peter Murdoch, un diseñador británico de imagen industrial; y los arquitectos mexicanos Pedro Ramírez Vázquez y Eduardo Terrazas construyeron exitosamente la imagen de la Olimpiada de la paz, México ’68. Esta vez la paloma llegaba, ahora trastocada con una estética pophuichola, al escaparate deportivo más importante en el mundo. Los comunistas ya no fueron sus promotores, pero la paloma de la paz volvió a reproducirse cientos de miles de veces en carteles, camisetas, lapiceros, libros, programas de mano, etcétera, como en 1949, pero ahora con el objetivo de masificar comercialmente una idea.


Finalmente la paloma fue derribada en pleno vuelo. Y el tiro de gracia se lo tuvo que dar otro pintor ¡y jalisciense!: Juan Soriano, un minucioso detractor de Picasso, que en 1990 imagina, esculpe y escandaliza al público con su pieza La paloma, un bronce negro de 4 toneladas y 6 metros de alto, dispuesto a la entrada del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, MARCO –después codiciada y varias veces reproducida sin -valga la expresión- tapujo alguno.



La paloma de la inocencia venusina, la divina antediluviana, la que consagraron con maestría

los pintores italianos, la ideografía simbolista de la noche de principios del siglo XX, la del despertar social, el comercio de las almas deportivas, la del revés macartista y la muerte asquerosa buñueleana; la paloma de la paz utópica y manipuladora ahora está condensada en una mueca sexual titánica, humorística y sensible, menuda y grotesca a la vez.

La paloma de Soriano es incómoda porque no vuela ni trae la paz, pero no lo necesita, sus eternas cualidades (la inocencia, la paz) son vistas desde otro punto de vista, uno más honesto, más mundano, procaz. A Juan Soriano le encantaba llamar a su escultura “La faloma” mientras se reía, el sinvergüenza, de su magna obra.